El maestro del arcoiris

Entre la luz y la sombra, la diferencia no es sólo cromática, sino también táctil. Es, sobre todo, táctil en el caso del pintor Socram. Pues los colores son, más que nada, vapor; un intenso vapor que adopta irisaciones en la materia fungible de sus paisajes y palacios devastados. Se dirían, los colores, impregnaciones, de tan evanescentes, e insinuantes. Pura traslación del deseo de color. Por lo que el color ha de tocarse, para sentirlo corpóreo, como quien se abre paso entre la niebla. Una niebla que parece aliento de una fronda terrenal primitiva. Una niebla fantástica y enjoyada, propia de un fabuloso reino primigenio.

Es por lo que los volúmenes y estructuras vegetales de la ensoñación que son sus Alhambras jubilosas se constituyen con mineralizaciones de la luz, y la luz del aire, de la brisa, los cielos y el agua, aliento mismo del fulgor destelleante. Una luz que desprenden los objetos se encuentra, y colisiona a veces, con la otra luz que transpiran desde arriba.

Los colores no son predecibles, surgen de los caprichos que la luz adopta desde dentro de los objetos mismos. Son colores insólitos, colores tan extraños que conviene tocarlos, para que con su vibración en las yemas de los dedos pueda saberse a qué tono o variante pertenecen. Violetas y verdes, amarillos, blancos, negros, sepias, carmines deletéreos, celestes prodigiosos. Son tan nuevos que la pupila no acierta a reconocerlos, como si los hubiese extraído, este artista, de un fondo abisal, o bien de otra galaxia cuyos gases no pudieran definirse, pues su cromatismo no coincide con la escala visual humana.

Estos colores son como animales. Respiran, se mueven, laten. Nos miran desde el ojo del abedul o del ciprés, nos acechan desde las fuentes y estanques, nos persiguen sobre las almenas bajo las arcadas. Las Alhambras ungidas del, rostro del Arco Iris viven y perviven.

Los colores fastuosos del mago Socram levitan, a mil leguas de la luz y de las sombras. Habitan en la alegría de vivir, que es una morada de intenso amor por todo lo existente. Este pintor, que hace oficio de humildad, se expresa mediante lo mínimo posible, es decir, lo que, más que ser por sí, se define como presentimiento: esfumatos que terminan corroyendo la sólida piedra, los muros, los angostos pasillos de una ilusión, que en la Alhambra conducen a la fuente de los deseos, al estremecido espejismo de la misma conciencia cósmica.

Y porque existe, en estas visiones de la Alhambra, pasión, hay agonía. Un poderoso dramatismo en la lucha por conquistar colores soñados, después de vividos, y absorbidos, por los órganos sensoriales, un esfuerzo inexorable por robar a la luz sus fuegos más sombríos. El esplendor es tal que una Antártida repentinamente flamease al sol impensable, el más torrencial y pastoso de sus oros. Un esplendor de bloques de hielo que de pronto cobraran coloraciones telúricas de planeta todavía no hollado por la planta humana. Pues ¿qué es Socram, en las seis letras de su nombre, sino la transparencia misma de un hexágono de espejos, cada uno de un color del arco iris, más el que tan sólo puede adivinarse, porque es emanación más que pusión perceptible? ¿Quién es este pintor que procede del frío, y hace de sus Alhambras cúmulos de un extraño asteroide, colas de cometa como de urogayos vivientes, meteoros a semejanza de crestas delirantes? ¿Qué poderosa razón guía sus pinceles, en qué silencios los moja, de qué manera los hechiza, para que, como si nadie los moviera, parecieran hechos, los colores, de aquello mismo que representan y vemos? La Alhambra se mira a sí misma, como éste, su pintor, la ve: hipnótica, caudal, evanescente y líquida, ardiente sin consumirse nunca. La Alhambra, cara de lo eterno.


Antonio Enrique