La Armónica Montaña es la catedral de Granada, catedral que cobra dimensión novelística al transfigurarse en gigantesco cerebro donde quedan registradas las memorias colectivas de la ciudad, en un tiempo comprendido en la elíptica que describe el sol al tomar a su punto de partida. Su protagonista, condenado a reencarnar indefinidamente en la figura del tañedor de órgano del templo, va sacando a la luz, en un oficio equivalente al de la voluntad, los episodios estelares de su pueblo, dentro de una narración en la que aparecen, cabalmente convertidos en personajes, numerosas figuras de nuestra historia, como los Reyes Católicos, el Almirante Colón o el Arquitecto constructor de la catedral. En la presente novela, en la que según declaraciones de su autor se emplearon diez años, un tercio justo de su vida, se yuxtaponen muy diversas y diferentes maneras, debiendo ser considerada como una de las manifestaciones novelísticas más tempranas de la llamada posmodernidad.

La Armónica Montaña, pues, no es otra cosa que la catedral de Granada. Catedral que logra dimensión novelística al erigirse, mediante trama bien precisa, en gigantesco cerebro donde quedan registradas las memorias colectivas, en un tiempo comprendido en la elíptica que describe el sol al volver a su punto de partida. Tiempo, pues, ilimitado, en el que las antiguas sagas inspiraron el mito del eterno Retorno, y a partir del cual todo volvería a suceder de modo análogo. El protagonista, entonces, en este enorme sensorio, oficiaría de "voluntad"; voluntad, que al constituirse en personaje condenado a reencarnar por tiempo indefinido en la figura del organista del templo, va sacando a la luz los episodios estelares de ese pueblo.
A imagen del templo en el cual se inspira, La Armónica Montaña se divide en bóvedas, las cuales se integran naturalmente en las cinco naves de su planta arquitectónica. Pudiera leerse, como transitarse el edificio, de todas partes a todas. Y ello tanto más por cuanto me serví de una técnica parecida al eco, según la cual todos los episodios "resuenan" en todos, merced a la proyección total o visión de síntesis de su escritura, inspirada tal vez en la tensa elasticidad de los templos góticos. Pero entre todos los modos de ejecución y lectura se me ofrecían dos. O se leía linealmente, integrándose las bóvedas o capítulos en las naves o partes. O bien presentaba la lectura con las bóvedas integradas en trayectos de amplia simbología literaria. Escogí este último procedimiento por considerarlo más en consonancia con el espíritu que pretendí infundir en la obra. Así el trayecto trapezoidal, completado por las bóvedas tituladas la Serpiente, el Cisne, la Cueva y el Tesoro. No dice mucho de esta maneta, que es la que se ofrece en el texto. Pero, ¿y de esta otra? La Serpiente, la Cueva, el Tesoro, el Cisne. Durante los diez años en que escribí y dejé reposar este libro, y escribí algunos otros, me detuve en esconder tesoros de oculto sentido, unos lo eran de modo consciente, otro no. Así mi extrañeza al comprobar más tarde que las veces que muere el protagonista, en número de cuatro, eventos situados en bóvedas distintas, lo estaban en tal disposición que, al unir mediante imaginarias líneas las citadas bóvedas, aparecía una simbólica cruz o aspa sobre la planta del templo.
Entonces no se hablaba de Semiótica ni Semiología. Hoy estoy en disposición de afirmar dos cosas: La alegoría es la expresión más alta y perfecta de la Semiótica. La Semiótica es inutilizable por la Informática.
Nada puede una máquina contra la esfinge. El símbolo es el último reducto que nos queda de una civilización, la nuestra, rebasada. Y es por ello la civilización futura únicamente posible a través de esta imposibilidad de descifrar, por medio de la más abismal electrónica, el laberinto de los signos legados por la Tradición. Aunque parezca y sea una paradoja.

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