Latidos de muralla, Socram.

Granada, como espacio de ficción.

(autobiogrfía incluida en Los suavísimos desiertos)


No había libros en la casa de mis padres. Tampoco en la casa de mis abuelos matemos, donde yo pasaba la mayor parte del tiempo. Mis abuelos habían cruzado el frente republicano con sólo lo puesto; aquello fue un 12 de agosto de 1936, en una camioneta de la que sacaron toallas blancas de las ventanillas, momentos antes de que los detectaran e hiciesen estallar sus disparos en la cuesta de las Cabezas, hoy bajo las aguas del pantano del Cubillas. Entraron en Granada a las diez de la manana, por la Caleta. No había un alma por las calles, los portales estaban cerrados de ambas hojas y llamaban la atención los balcones con las persianas corridas.
La casa de mis abuelos estaba cruzando la calle, enfrente misma de aquélla en la que yo había nacido, en enero de 1953, un diecinueve, domingo. La calle que había que cruzar era la de Alhóndiga, donde por aquel tiempo transitaban los tranvías. Por temor a ellos me llevaban de la mano, no recuerdo quién. Y de esta casa, ubicada en un tercer piso -que evoco en el libro El sol de las ánimas-, son mis primeros recuerdos conscientes. La casa donde nací -Hileras, haciendo esquina con Alhóndiga, en un viejo inmueble que aún existe- era espaciosa, de varias plantas, con salones que se abrían en raras ocasiones y un desván que daba a los tejados, donde solían tenderse las sábanas sobre las tejas. La casa de mis abuelos, por el contrario, un piso angosto, sin otro lujo que la limpieza y unas varas de nardo los sábados. No había cuadros y apenas muebles, los indispensables. Mi abuela María Asunción se levantaba bien temprano, antes que nadie, para tener prendido con astillas y papel el fogón, una de aquellas cocinas de hierro llamadas económicas, cuyas arandelas se apartaban con un gancho. En el pasillo, entre la cocina y la sala de estar, había, a manera de alacena, un armario de nogal con puertas de vidrio donde cabía casi todo, desde los platos de loza apilados a lo que fuera a consumirse durante el día, y hasta los postres de carne de membrillo, junto con otras cosas como el costurero, que era de madera y tenía una estampa de jardines idílicos sobre la tapa, y se cerraba con chasquido brusco y seco, de oquedad; en su interior habitaban todos los colores, y entre las bobinas, el acerico traspasado por alfileres. Mi abuelo Manuel estaba casi siempre en aquella sala, sentado con una manta sobre los hombros; el que no la pusiera sobre el regazo como es lo habitual, sino en los hombros, es por la costumbre que le había quedado de las largas vigilias de guardia en el frente de Toro, por tierras zamoranas. Los soldados se echaban la manta por encima y la apoyaban sobre la boca del fusil cogido entre las manos, guareciéndose del relente; así pasaban las noches, aunque lloviera. Pero mi abuelo, aunque a la camilla, se sentaba haciendo ángulo con un buró; un buró de corredera, en el que había numerosos cajoncillos y departamentos y sobre el que solía disponerse un quinqué de porcelana. Un buró sirve para escribir. Y éste fue el primer objeto que me vinculó a la escritura. Lo del quinqué también era un objeto que me agradaba por su sola presencia escueta y frágil. No servía para nada, puesto que muy pocas veces lo vi encendido. Luego servía para eso, para estar ahí; para estar ahí y ser agradable a la mirada. Una mirada que también servía para tocar de lejos y acariciando, tocar sin tocar.

No me dejaban tocarlo, el quinqué, y además hubiera tenido que arrimar una silla para llegar a su alcance; subirme a una silla no me dejaban tampoco, yo era un nino de constitución débil, y temían que me cayera a cada instante. Había nacido de pie, tras un parto difícil, con grandes congojas de mi madre. A veces he pensado que mi madre quería más a mis tres hermanos mayores por esto mismo, porque, si de una parte se sentía inclinada a protegerme más, de otra pudo quedarle un rechazo inconsciente, debido al traumático nacimiento. Pero esto lo supe mucho después, por mi madrina. Ésta, mi tía Carmen, hermana menor de mi madre, vivía por entonces, de soltera, en aquella casa de mis abuelos. Ella me lo contó. Como también que nací asfixiado, y hubieron de reanimarme. Creo que esta circunstancia me ha influido en todo cuanto después he hecho en la vida. Mi impulso primero, el más subyacente, ha sido siempre el de huir de la angustia. La escritura es lo que me ha permitido huir de la angustia, pasando a través de ella.
De manera que bastaba cruzar la calle para cambiar de mundo. Ir del desahogo a la pobreza, un desahogo relativo, si por tal se entiende que hubiera servidumbre en la casa donde había nacido, y una pobreza relativa también, referida a la casa de mis abuelos, puesto que aquella pobreza había que asociarla a la dignidad, al silencio -los largos periodos de silencio- y a un cierto sentido de la vida un tanto ritual y ceremonioso, y por así decir mágico; mágico en cuanto que aquél era un mundo de afectos y sorpresas. Por ejemplo, yo notaba cosas extrañas, o que a mí me lo parecían, de entre esa ambigüedad vagarosa que es patrimonio de la infancia. Así las emociones eran siempre calladas. Mi abuelo y abuela se querían intensamente, pero no lo manifestaban sino con la mirada y diciendo alguna palabra que otra, y siempre en un tono tan respetuoso, y por ello tan elusivo, que en vez de a una cosa parecían referirse a otra distinta, ellos sabrían exactamente a qué. La mirada de mi abuelo era de fascinación por su mujer, mucho más joven, levantina de Elche -él lo era de la parte de Castril de la Peña, casi ya en tierras de Jaén-, y muy pulida en sus formas porque procedía de una familia que había sido expoliada de sus negocios, teatro y cafés conciertos, cuando los motines que precedieron y siguieron a la Sublevación de julio del 36. Esas palabras sueltas, de una conversación infinita y sincopada, a las que me refiero podían versar sobre cualquier asunto, doméstico o no, pero siempre venían antecedidas o cerradas del nombre. No se hablaban sin nombrarse, y al nombrarse ponían afecto en cada letra, cambiando la inflexión de lo meramente comunicativo. Esto es, en aquella casa se nombraba: escribir es nombrar, es poner letra a la música que nace de adentro; una música que, a su vez, nace de los afectos, o desafectos. Se llamaban por su nombre a la hora del atardecer, como si ambos estuvieran pensando en lo mismo y no fuera necesario especificar el contenido, y casi sólo hacían eso, nombrarse, con esa emoción respetuosa de la que hablo; a aquella hora sobre todo, y se estaban así, muy juntos una del otro, cada cual en su asiento, retrasando a posta encender las luces. Lo evoco en un poema de Viendo caer la tarde, el que empieza precisamente así: "Se miraban toda la tarde. Estaban / mirándose toda la tarde, / la una junto al otro, sin hablar". Lo de quererse intensamente no es por hablar por hablar, porque cuando el abuelo Manuel falleció, María Asunción estuvo yendo al cementerio varios anos todas las mananas, y los que trabajaban allí - que ya son gente dura- le sacaban una silla de tijera, hasta que al fin no lo pudo soportar y se suicidó arrojándose al pantano del Cubillas. Anos después coincidí con el taxista que hasta allí le condujo, el cual, persuadido de la edad avanzada de la senora, la noche y la soledad de aquellos parajes, hizo amago de retirarse, si bien se limitó a apagar las luces, emboscado entre los muchos pinos y maleza de la orilla. Temió él lo peor, por la propina insólita. Quería ella tal vez compensar a la última persona que viera en este mundo, dejarle un buen recuerdo, precisamente porque no se conocían. La abuela era

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