así, muy suave en sus maneras, pero resuelta e imprevisible. En extremo respetuosa hacia quienes no conocía. Me comentó que no parecía triste, y que no lo dudó. Que fue todo tan rápido que cuando reaccionó era demasiado tarde.
Pero no había ningún libro, iba diciendo, de los llamados de lectura, ni en una casa ni en otra; bueno, en la que nací, estaban las Completas de Dostoyevsky y Hugo Wast, que yo recuerde, así como algún tomo suelto de autores como Gutiérrez Gamero o Concordia Merrel, pero como si no estuvieran, porque, además de hallarse en estantes muy altos y sombríos, no había a qué leer, siendo la vida a mi alrededor tan interesante, aunque en apariencia no pasaba nada y un día era igual a otro. Luego después he sabido que en la inmediata posguerra el poseer demasiados libros podía ser políticamente comprometido, indicativo de ciertas inclinaciones no del todo acordes a la decencia. Y así muchas familias se deshicieron de textos no específicamente reglamentados, novelas sobre todo cuyo argumento pudiera ser lesivo a la rígida moral. Esto era así, como que no fuese habitual hablar de política. Se escuchaban los partes radiofónicos en silencio, y jamás se comentaba nada. En este silencio terco, no obstante, yo captaba cierta animadversión, puede que por el hecho mismo de su obligado acatamiento. Pero los libros, como digo, no estaban en nuestras vidas. Entonces, ¿por qué fui yo escritor, y no he querido ser sino escritor, y volvería a serlo, aunque me aguardase una penosa vida de anonimato, y hubiese de trabajar, como lo he hecho, en oficio ajeno, por tal de ser libre en todo cuanto escribiera? Creo que la circunstancia ya referida de un parto traumático, de pie y con asfixia que me provocó una hernia, me abrió tal vez una percepción más aguda de los hechos. Si me retraigo a las reminiscencias semiinconscientes más remotas, mi sensación no es de abrir los ojos a un mundo extrano y nuevo, sino la de seguir vivo, tras un paréntesis del que me hubieran quedado, latentes, algunas intuiciones; como si en lo más profundo de mí mismo yo hubiera despertado de un sueño nada vacío, sino poblado, y poblado densamente, de imágenes y situaciones ya conocidas. Era -debo decirlo- como si algo dentro de mí permaneciese caliente de un tiempo y lugar que no podía concretar ni identificar, pero que me eran familiares y casi inmediatos. O para expresarlo de otro modo, no me veía extensivo en el espacio aquel visible y tangible de mi infancia, sino, por así decir, vertical en el tiempo, encima de un tiempo otro. Y de hecho yo me iba mentalmente tan lejos, me ensonaba de tal manera, que bastaba la presión de mi mismo brazo -sobre el pecho, si estaba acostado- para sobresaltarme, como si fuese el brazo de otro. Esta capacidad de ensimismarme casi es en mí automática; me basta con ponerme cómodo, y que no me hablen. Enseguida siento correr las imágenes e impresiones, en un estado de ánimo plenamente placentero. Y es que yo siempre tuve la sensación de estar encastrado en mi cuerpo sólo a medias, como si lo que llaman alma no hubiese acabado de soldarse, por lo que puedo salir y entrar más fácilmente. De manera que -ahora lo comprendo- no me hacían falta los libros; es más, según acabo de sugerir, sentía una vaga resistencia a ellos, como si algo en mi interior me retrayese: un temor subconsciente tal vez, como ocurre cuando presentimos que algo es inevitable, por lo que no debemos adelantar su encuentro. En aquella infancia bastante tenía yo con mirar.
Mirar es un arte inseparable de la abstracción. No se mira un objeto sino que se siente, el objeto, como un desencadenante de asociaciones visionarias, porque mirar no es nunca un acto externo ni gratuito ni inocente. Mirar es tragar con los ojos y deglutir con el estómago de la mente, para que, en su proceso digestivo, surja la combustión de las ideas. Así pues, había un cuarto trastero en la casa de mis abuelos, cuyo balcón daba a la calle Párraga, umbría y poco transitada. Yo pasaba las tardes enteras aquí, y no hacía nada, sino mirar: mirar la sucesión de añosos tejados y azoteas que se prolongaba hasta la cúpula de la iglesia de La Magdalena, apuntalada de cilíndricas torretas con chapiteles. Los tejados dejaban crecer tupidas matas que reverdecían en primavera, y sobre ellos, como casamatas con telarañas, se alzaban esos desvanes con enseres incomprensibles (cedazos, tenazas, sartenes, percheros, consolas descabaladas, cuadros contra la pared, colchones con orín) o se abrían, en la monotonía ocre, las destartaladas azoteas donde colgaban a veces sábanas, y se veían, muy de largo en largo, las figurillas negras de quienes llegaban para tenderlas o recogerlas; eso era todo: nunca nadie a quien distinguir el rostro. La tarde se iba por ahí, como un agua rosa por el sumidero de las sombras, pero, antes, el cielo se inflamaba de tal manera que, en su oro batido -del color de los cobres que adornaban algún rincón de la casa-, sólo destacaban las chispas negras de los vencejos, como pavesas de aquel incendio; los vencejos que chirriaban como locos desde las comisas de La Magdalena. Nada más que esto; pero yo sentía una paz y un -lo diré- calor adentro como sólo después me ha sobrevenido con el acto de la escritura, y no siempre, sino con ocasión de algunos poemas especialmente queridos. Por lo que el acto de la escritura supone para mí un retomo a la placidez de la ensonación; si ésta no se produce, el poema no me satisface.
Pues bien, la primera vez que abrí un libro conscientemente fue una de estas tardes en el cuarto trasero. Debía tener cuatro años o así; lo sé porque recuerdo como iba vestido y coincide con una fotografía de aquel tiempo, que conservo. Unos días, o semanas, antes, o después, había yo arrancado a leer de corrido ante mi abuelo, que me había estado mostrando las letras, pacientemente ante mi falta de reacción. Creo que fue a partir de entonces cuando le sorprendí una mirada nueva, entre benevolente y divertida, la mirada que decía: tú y yo nos entendemos, porque las miradas hablan, por lo que no son necesarias las palabras cuando se está pensando en una misma cosa. Lo verdadero, en fin, es lo que no puede verse, y ambos lo sabíamos. Así pues, dispuse el libro sobre un baúl de flejes, calzado sobre unos benzos, que tenía un tapete encima. El acto de abrir aquel libro, que insertaba viñetas antañonas de batallas y paisajes a plumilla, constituyó una especie de fundación para mi vida. Pues a partir de entonces, y aunque seguí teniéndoles reticencia, yo supe que bastaba abrir aquellos objetos compuestos de páginas, con portadas como puertas que no necesitaban llave, para viajar más allá de aquel horizonte de tejados y desvanes por donde el sol cada tarde se ponía. Ésta a la que me refiero, el libro -lo era, anos más tarde localicé un ejemplar, El libro de España, de la zaragozana editorial Luis Vives, 1957, con nihil obstat e imprimatur del prelado Casimirus- se abrió por sendas ilustraciones a cada página, una representando a la Muerte con guadana al borde de un camino, y otra en la que figuraba un automóvil desvencijado, con un hombre muerto fuera y dos niños, muy compungidos, asistiéndole. El paisaje, con crucero al fondo y un árbol raído, pertenecía, según el texto, al término de Villaquinta de Campos, una aldea de por ahí por Valladolid. Tengo un poema en El sol de las ánimas donde lo cuento: "Primera lectura" se titula, porque lo fue. Descubrí que, igual que podía uno abstraerse asistiendo al teatro aquel de ponerse el sol en el silencio, como un actor que se suicidara con un puñal en el escenario, y todo era solemne entonces como que un día se extinguía para no reaparecer jamás, lo mismo podía conseguirse esa placidez y calor interior con solo quedar mirando las páginas de un libro. Mirando digo, porque el acto de desentranar su sentido mediante el desciframiento de la escritura vino después y ya nunca me abandonaría. A mí al principio, con los grabados y el olor de las páginas, y su crujido de galletas partidas, al pasarlas, y su tacto satinado, con todo eso, tan sensorial y gustoso, tenía bastante.
Entretanto, iba yo despertando a la vida inquietante de fuera de la casa de mis padres. Mi primera impresión externa, sin embargo, no fue visual, sino auditiva. Era por la noche, cuando, ya acostado, oía, así que las calles quedaban desiertas, los pasos rezagados de quienes se encaminaban a sus hogares. Las pisadas sonaban briosas oapuntalada de cilíndricas torretas con

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