A hidden Lake, Daniel De'Angeli


indecisas, pero nítidas, cada cual con su ritmo propio; y había quien se detenía de pronto, con retinir de llaves en el portal, y quien pasaba de largo; éstos últimos se perdían en la noche, y aquel repiqueteo de tacones que se resistía a extinguirse, aminorándose en la distancia, era una convocatoria al misterio, una incitación a los interrogantes sin respuesta. A veces el sereno los precedía, y lo imaginaba envuelto en la bufanda, mientras sentía yo el calor de la tibieza bajo el rebozo de las mantas. Por la mañana, luego, el mundo era al revés: esa misma calle Hileras, peatonal, que une Alhóndiga con Mesones por el tramo, en ésta, de una iglesia convertida en tienda de alfombras -más tarde grandes almacenes, edificio que fue famoso por la supuesta aparición de fantasmas- rebosaba animación y tráfico de gentes. Pero, entonces, curiosamente, no se oía nada; y no se oía porque, en aquellas horas mañaneras, rumores, pregones, voces y pisadas se superponían asordinándose, tapándose unos a otros, con lo cual descubrí que no puede haber misterio donde no se da el silencio. Y que en el silencio, como en el viejo armarito de la casa de los abuelos, se encierran muchas cosas, heteróclitas, peregrinas, inesperadas: el orden, la limpieza, la música, tres cosas que habitan en el silencio, precisamente.
Y sí, creo yo que la primera imagen de lo bello, imagen consciente más o menos, lo fue doméstica. Era la mesa del mediodía, que disponían para el almuerzo mi madre y su hermana mi tía Carmen, mi madrina. Comer ya he dicho que en aquella casa de los abuelos más bien era un ritual de orden y silencio que una necesidad biológica, porque, como en muchas otras casas de la época, la sobriedad se imponía en aquellas sopas de aire, tortillas mínimas, preciosamente amarillentas en su escualidez, y la fruta, desamparada en el plato, con los cubiertos casi intactos, relucientes por el poco uso, y el vaso de agua, humildísimo, perfecto, pulido. De manera que aquella limpieza del mantel de lino blanco y la loza blanca, intonsa, y el cristal, que a lo mejor recogía el halo de luz proveniente del patio interior, a mí me producía una sensación de descanso, muy semejante a la del calor, el cosquilleo de las viñetas librescas y el sol poniéndose por La Magdalena. Un sol que yo creía que se desplazaba hacia Valencia, por identificarlo con las naranjas, y porque tenía escuchado que en Valencia era donde mejores mujeres y más riqueza había. Todo era junto, lo uno me llevaba a lo otro, como también a ese dulce regodeo de las pisadas nocturnas y el instante previo a los sueños. La mesa era una delicia. No había flores ni menos esas velitas rizadas que luego se impusieron, solamente la sopera, la sopera grande, panzuda y blanca, como una mamá gallina nutriendo, dando de comer a sus polluelos los platos, blancos también como ella. Y además, ya digo, el silencio, el lujo del silencio. Solamente a los postres, con aquellas manzana, membrillo o pera de la estación, alguien, como concertadamente, lo alteraba, decía algo en voz muy cauta, y ya todo era prisa de preguntas y respuestas en avalancha, a esa hora de sobremesa en que a los niños se nos permitía ir y venir a nuestro antojo.
Y así llegó el día en que me sacaron como otras veces, pero en ésta los ojos los tenía bien abiertos. Y me llevaron a la vecina, inminente plaza de Bib-Rambla, la de entonces, con sus tenduchos de flores y sus urinarios profundos, y su fuente en medio, con los gigantones soportando la concha sobre la que se alzaba aquel temible ser, al que los ojos no se le distinguían en el mármol, fatal y sobrehumano, un ser remoto salido de las aguas, que llevaba un tridente amenazante en el puño. Los gigantones o atlantes más parecían elefantes asiáticos incorporados sobre las patas traseras, con la trompa vertiendo aquellos chorros incesantes, al tiempo que al Neptuno, arriba del todo, lo imaginaba yo surcando las nubes como si no fuera de este mundo, o entre humos de azufre, vapor de agua, saliendo del mismo infierno. La Bib-Rambla de la época acogía, en su acera de los viejos tilos, causantes de tanta alergia allá por junio, a los aguadores que se apostaban a su sombra, con las cantareras en las vistosas jáquimas de sus burros, tan pacientes y quietecitos. Yo creo que aquí, en esta especie de zoco, ante tal espectáculo de gentes y objetos, fue donde aquello que resonaba en mi interior durante las largas ensonaciones mirando por el balcón del cuarto trastero, esto es cuanto yo sabía aunque aún no tuviera nombre, se me iluminó en el vértigo de una concreción imposible de eludir. Y esto que resonaba en mí es que todo aquello era Granada, no solamente pasaba en Granada. Y que Granada era cosa especial. Por nacer en Granada ya uno era diferente.
Una ciudad especial aquélla, con trasiego tal de gente provista con aquellos levitones que pesaban tanto y apenas abrigaban, de gente tocada con aquellos sombrerazos, sombreros de fieltro y vitola ancha que les ponía cara de perplejos, un poco como muertos con la sombra dándoles en los ojos fosforescentes, hasta la mitad de la nariz. Y aquel olor a tilos y estiércol, a crisantemos y orina. Y aquella cosa, aquella cresta de piedra labrada asomando por sobre los tejados de la Curia, con la inmensa, levítica torre catedralicia puesta allí, tan sólida que parecía asentada desde el comienzo del mundo. La vida venía a ser aquello: unos ofreciendo y otros adquiriendo, unos hablando y otros escuchando, unos parados y otros moviéndose, mujeres y niños, ancianos y adolescentes, hombres ricos y hombres pobres; pero nadie, qué curioso, mirando a nadie, nadie pendiente de eso otro que no podía verse: qué iban pensando los otros, qué sentían, quiénes eran. O sea, que mirar la plaza era como abrir un libro; un libro que al ser abierto dejase escapar voces y olores, gentes y rumor de aguas, balcones entornados y otra vez azoteas, libro donde también existieran párrafos poco claros, frases ininteligibles que venían a ser la fuente prodigiosa, los tilos admirables, las cuatro farolas con garras de grifones, el encofrado rotundo de la catedral sobre el palacio de la Curia. Aquello era lo importante, lo que la gente dejaba pasar desapercibido. Y esto, en lo que nadie reparaba, era lo que, luego supe, se acogía a una especie de casa con muchas ventanas y puertas, llamada Lenguaje Poético. Una casa desahuciada, porque nadie o pocos parecían querer entrar en ella.
¡Qué clase, en fin, de ciudad era aquélla, donde una Puerta mora podía verse, así sin más -el Corral del Carbón-, entre edificios castellanos tan recientes, siendo que ella era tan antigua, y donde había una calle que se llamaba (y llama) Arco de las Orejas, y no existían ni tal arco ni tales orejas en ninguna parte? ¿Cómo un arco podía ser de las Orejas? Los moros, los moros, musitaba el abuelo. En el Arco habían colgado orejas desorejadas y, además, la cabeza descabezada de un jamalajá muy principal, metida en una jaula para escarmiento. ¡Menudas palabras aquellas! Como un cuerpo con sombra, ahora resultaba que las palabras tenían contrapalabras. Y que la ciudad había sido mora, pero muy mora. Y así -seguía el abuelo-, ¿ves tú que vamos pisando el suelo? Pues debajo del suelo sabe Dios qué habrá. Y sí, porque la casa donde yo había nacido se construyó con el tesorillo de unas monedas encontrado en el aljibe, adentro de un ánfora de barro. Muchas casas se habían edificado así. "No hay que fiarse uno nunca de lo que ve", concluía. Y eso mismo le oí repetir alguna que otra vez, pero supliendo ver por escuchar, cuando el ronroneante aparato de radio, "en conexión con todas las emisoras nacionales", y precedido de una martingala de clarines muy briosa, emitía el "diario hablado". Él admiraba sobre todos a Pacelli, como llamaba a Pío XII, con esa admiración tenaz e incomprensible que los militares más recios han profesado de siempre a los hombres menudillos, que sin embargo mandan mucho.
El sol, por las mañanas, rielaba en blanco y negro sobre las aceras; el mundo era en gris, o al menos así lo recuerdo. Había entonces vendedores ambulantes en la plaza ejerciendo el oficio, con un micrófono de baquelita pendiente del hombro mediante un tórculo de metal, al que sujetaban el cable con un esparadrapo. Pregonaban medias de cristal, bolígrafos recién inventados, plumas inocrón, relojes de Ceuta y pulseras o

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