esclavinas de oro alemán, más toda suerte de medallas y medallitas en la marana de los cajetines abiertos. Yo me quedaba embobado con aquellas inflexiones de sus reclamos, la perfección deíctica de sus peroratas, maestros todos en el uso de las hipérboles y elusiones, anáforas que suspendían el ánimo, lítotes que pretendían lo contrario intencional de lo expuesto, y hasta el virtuosismo de alguno en lo que después aprendí llamaban los retóricos captatio benevolentiae. Qué fiesta podía ser esto de hablar sin que te interrumpieran. Entendí, pero de una manera germinal, tan sólo intuitiva, que el lenguaje sirve para comunicar, de acuerdo, sí, pero aún más para infundir emociones, para crear un mundo paralelo; un mundo que podía ser mentira, pero que a la postre era más verdadero, o mereciera serlo, aunque sólo fuese por la pasión contagiosa y la persuasión esforzada que le ponían. Además, en una esquina de la plaza, junto a un establecimiento de objetos de broma que a mí me parecía la irrealidad misma, pues del local parecía salir la risa, como si la risa fuera una cosa viva y la tienda una garganta, estaba el quiosco Anita, que lo era de baratijas y bisutería, otra alucinación, pues siendo joyas de mentira aparentaban ser más deseables, por los muchos que se paraban a preguntar y sopesar.
Anita resulta que había sido mi ama de cría, pero, cosa también curiosa, pasábamos de largo y, además, como luego supe, no me reconocía, ni entonces ni más tarde. ¿Cómo podía ser esto? Dar de mamar, llevar yo su sangre como quien dice, y no saber. Entreví que había algo oscuro, una herida que no sangra, pero hace dano como cuando se agarra un catarro al esternón, y que eso se llamaba dolor. Me he resentido siempre de eso, que a mi madre se le retirase la leche con aquel parto mío tan difícil, y que quien me amamantó ni siquiera me mirase cuando pasaba junto a ella. Luego de mayor he reflexionado mucho sobre la íntima relación entre la leche y las palabras, pues la madre suele hablar, o cantar, al nino mientras éste le succiona ese fluido de vida, ese líquido en forma y consistencia del fulgor lunar que es la leche. Pero es que, además, lo mira, le está mirando a los ojos, ambos están magnéticamente ligados, hipnóticamente pendientes, y ahí, entre uno y otra no cabe la desdicha, todo es plenitud, todo es sosiego. El amor viene a ser una reminiscencia, luego de mayores, de ese estado perfecto, de ese equilibrio absoluto; buscamos por instinto recobrar ese estado perfecto, pero, ahora de adultos, mediante el erotismo, sustitutivo de aquel éxtasis primero. Yo no tuve eso, o al menos no por el procedimiento de los demás, y debo confesar que tal vez por ello busqué siempre en las mujeres algo que normalmente no podían darme, o provocarme, ese estado de plenitud que conjunta palabra y mirada, palabra, mirada y caricia. Anita me dio el pecho sin amor, esto deduzco, como obligación, y, como sin amor, me sobresaturaba; es por esto, tal vez también, que siempre he sentido predilección por el pecho femenino pequeño.
Lo que sí me infundió mi madre, por el contrario, fue un respeto por las palabras que nunca podré agradecer lo suficiente, pues me corregía ella la menor impropiedad, el más mínimo desvío; además, la única forma de que me prestase atención era sorprendiéndole yo al hablar. Entonces se me quedaba mirando, y me sonreía. Esto para mí era el calor máximo, por dentro. Si ella sonreía, que lo hacía bien poco, todo estaba tranquilo, todo estaba como debía ser. Mi madre, que apenas había seguido los estudios precarios que las monjas de Niñas Nobles pudieron ofrecerle durante la guerra, hablaba como luego nunca he visto en nadie, porque no solamente hilaba y graduaba intensivamente según corría el relato, sino que tenía especial talento, yo diría que instinto, para las imágenes, que eran garbosas y coloreadas, y en cuanto a los adjetivos, lo eran de tal precisión que no daba lugar a las interpretaciones, por mucho que me interesara ya por entonces acogerme al libre examen. Nunca lo entendí demasiado bien, porque no la había amamantado sino en las primeras semanas, pero yo la sentía, y la siento, como madre absolutamente, dentro de mí, y es, debe ser, por su voz, y por lo que aquella voz decía nada más que para mí, como si estuviéramos solos en el mundo. Su voz sobre todo, que me parecía salir de mi mismo cuerpo.
Pero junto a todo eso estaban en Bib-Rambla los aguadores. ¡Los aguadores, cómo los recuerdo! Los aguadores me causaban la misma fascinación que los tranviarios, aunque por motivos distintos; éstos abrían un libro oblongo, pero de metal, y en vez de renglones y vinetas aparecían unos billetes de color, unos tiques muy finos y livianos; aquello era como un teclado de papel, del rosa al amarillo y celeste, un teclado que tenía que ser así de alegre, en consonancia con los tintineos, que accionaba el tranviario en su cabina pisando un pedal, unos tintineos que sonaban frágiles y limpios, como las papelinas aquellas tan delgadas y coloreadas. Qué desconcertante era aquello de ir en tranvía, con la luz de los fanales mortecinos que parpadeaba y aún se atenuaba más cada cruce de vías, poniendo como un reflejo de ceniza en los rostros de los usuarios, de retorno a casa tras un día agotador, cada cual con sus preocupaciones en silencio. Y entonces sí cobraba realidad esa otra cosa del mundo vinculada al dolor, al cansancio, a la rutina, a la enfermedad y la opresión en el pecho: "Prohibido escupir" y "Reservado para caballeros mutilados". La tisis y la guerra. La penicilina y el formol. A sangre y urea olían aquellas placas de esmalte blanco, con letras negras, negras de fatiga y de desidia, negras de fatalidad.
Los aguadores, o azacanes, eran sin embargo cosa aparte. Aquello venía a constituir, en mi aprensión de niño, un ceremonial extranísimo. Porque era a media mañana (también luego a la tarde, pero para mí era por la mañana), cuando unos hombres muy serios se llegaban a las anguarinas donde estaban las cántaras, envueltas en ramas de juncia para mantener su frescor, empinaban los vasos, que los eran gruesos y con fimbrias, y se espetaban su contenido, impasibles, sólo que algunos, no todos, mirándolos al trasluz (como había observado yo hacían los mayores, cuando una perilla se fundía), y tras echarse al coleto unos granos de anís, exactamente igual que mi abuelo con el bicarbonato. Éste, alguna vez, me había dicho que el agua no era lo mismo, con lo que luego más tarde entendí ser ésta severa verdad, verdad presocrática nada menos, aquello de banarse en el mismo río pero no en la misma agua, igual a todas pero no la misma. De aquí al misterio de la Santísima Trinidad mediaba un paso, o lo de que un cuadrado fuese a su vez un círculo, si el radio de éste coincidía con la altura piramidal de aquél. La de la fuente del Avellano "olía a otoño" y la de los aljibes de la Alhambra "sabía a sombra". Es decir, que la de la Alhambra era un agua más sólida, por aquello de que sabía, mientras que la del Avellano más ligera y fina, más delgada y por así decir inverosímil, puesto que sólo olía. Y aquí ahora la hipérbole, el lujo, la literatura en suma. El aguador, luego de complacido en su sed el bebiente, echaba unos dedos más, reponiendo el líquido morosamente, como con avaricia. Y esta vez esa adehala o mandaíco se bebía con mucho paladeo y guino de un ojo para atinar más su sabor, frescor y consistencia, procedencia, viveza y cuerpo. Esto es, existía algo por encima de la sed. Y era el lujo de no tenerla y que, una vez saciada, sirviera sólo de gusto para el paladar y caricia en la garganta. ¿Y cómo podía ser esto si el agua es por naturaleza sustancia inocua, como transparente que es, si lo está? Pues no, el agua alimentaba cuando se ingiere por gusto, por gusto y por conocencia de sus átomos. Alimentaba otra cosa que no el cuerpo. Algo que estaba en el cuerpo pero que no era el cuerpo mismo, como cuando con los ojos miras una cosa que no te vas a comer, pero te gusta verla, y, gustándote, te complaces y disfrutas. La plaza era lo mismo, un estar con los demás para regocijo íntimo, aunque los demás parecieran vivir ajenos, representar su papel maquinalmente de tan aprendido como lo llevaban. Qué satisfacción mirar, sin que los demás reparen; sólo así se mira bien, desde la orilla.

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