¿Qué clase de ciudad era aquélla? La Alhambra, todos hablaban de la Alhambra. La Alhambra, con el mismo tono que de Dios, la Eternidad, la Vida o la Muerte; palabras grandes, que no había a qué proferirlas sin antes algún preámbulo. Pero mi gente, como granadina de siempre, especialmente la paterna, no veía el momento de llevarme a aquel lugar que parecía de humo, volutas caprichosas sus torres y murallas, una fantasía que había que tocarse el cuerpo para convencerte de que no sonabas. Y la llegada a la Alhambra, al interior de sus palacios, fue como cubrir un viaje larguísimo, con complicadísimas etapas, pues durante meses eran los paseos por el bosque, en aquella umbría recorrida de acequias, era sentarse en las dos glorietas, del Pimiento y del Tomate, resbaladizas si ibas a beber, y donde, junto a una de ellas, había un ciervo de bronce, y un hombre intentando doblegar sus astas, y el busto en piedra del Escritor, frente a un pequeno estanque con aguas sombrías de tantas hojas en su fondo; el Escritor, el mismo que había hablado de los aguadores de Bib-Rambla y que se ahogó, tan lejos de España, en unas aguas tan oscuras como aquéllas de su estanque. Y luego eran -domingos por la mañana- las visitas al carmen de los Mártires, con sus palmeras y su lago con la isleta en medio, y después el bosque inglés, en uno de cuyos cedros, donde había tantos grafitos de enamorados que allí mismo se apalabraban, a su sombra, había escrito el Poeta. Allí podía jugarse al escondite, sobre todo en la parte de la gruta artificial, al igual que en el bosque, lleno de senderillos que conducían a glorietas inesperadas; jugar era ir descubriendo la vida, y su momento culminante llegaba cuando echábamos a correr cuesta abajo, hacia la Puerta de las Granadas; era tan pina y larga que, con abalanzamos, sólo podíamos parar ante la Cruz de Mármol, apoyando un pie en su pedestal y contrabalanceándonos, evitando así la inercia. Esto es, jugar allí en los Mártires era como meterte mismo en un gigantesco tablero de parchís, con cuatro hipérbolas de las flores de cada estación; partiendo de alguna de ellas se accedía a su centro, en donde se elevaba un cenador en el que campasen los pavorreales, arrastrando sus larguísimas colas plisadas, con aquellas crestas diminutas erectas, tan pulidos y exactos, tan perfectos, o abriéndolas, aquellas colas, con solemnidad de puertas del Paraíso. Y luego aún más era, fue, atravesar la Puerta de la Justicia, para alcanzar la Plaza de los Aljibes, con su quiosco de aguas bien templadas que servían con azucarillos, y mirar desde el pretil de piedra el Albaicín, tratando de comprender por qué, desde aquella vista, los mayores lo llamaban "cielo bajo". De manera que hasta entrar en los palacios podían pasar anos. O llegar a anciano, deseándolo; una maldición sutil, como la de Aquiles -los presocráticos otra vez- intentando adelantar a la tortuga. Los granadinos, esto es cierto, no tenían prisa para nada; o bien en el fondo el palacio no les importaba, o bien lo temían. Lo temían, y por esto lo retrasaban, el momento de enfrentarse a la emoción seria, sin nada que se interponga, que proyecta, e infunde, todo lo bello en grado de sublime. Lo temían, los más, como asociándola, la belleza, a la locura. Pues belleza y locura se superponen; se superponen en virtud de la fuerza que ambas llevan dentro, la misma que al artista y al demente los domina. Yo mismo, sugestionado por el presentimiento acuciante de que si entraba no podría salir -si entraba Mexuar adentro-, demoré mi visita un tiempo más, llegándome mientras tanto, luego ya de adolescente, al Generalife.
Aún así, había algo dentro de mí que pujaba por salir, de manera incontenible, obsesiva, y de esta manera di comienzo al Poema de la Alhambra aquel verano de 1972, precisamente por el ciclo -primero de cuatro, a imagen de las estaciones- dedicado al Generalife; yo tenía diecinueve anos. Y había escrito hasta tres libros, uno de relatos y dos novelas, que por fortuna se mantuvieron inéditos. De forma que no pude entrar en el Palacio antes de calmar aquella efervescencia con sus primeros mil versos largos. Ésta, cuando llegó, fue sin duda una de las experiencias más determinantes de mi vida; experiencia estética, pero también metafisica. Porque allí, ante mis ojos, tuve el paradigma de la belleza, pero también de la verdad, una verdad que servía para ser y para estar, para existir, para vivir. Metafisica, además, por cuanto que lo que a mis ojos se ofrecía era, ante todo, una distribución anómala -esto es inusual- del Espacio. Anos después lo he sabido con certeza: que probablemente no exista en el mundo edificio donde el espacio se distribuya y compense con más habilidad, gracia, ritmo y armonía. Espacio, en fin, que poseía la enigmática peculiaridad de concentrar el tiempo, condensarlo materialmente en virtud de sus medidas codificadas mediante en canon secreto, es decir oculto. Así nació, parejamente, el Tratado de la Alhambra Hermética, que no era sino la manera de poner en prosa la explicación sensorial de todo cuanto no cupiera en el lenguaje poético.
En cuanto a la verdad como atributo estético, no podían ofrecerse dudas: aquello, todo aquello, era consecuencia de la inversión arquitectónica -la superestructura más sólida que la infraestructura-, una insurgencia contra las leyes de la gravedad. A esto se le suele llamar fantasía. Y era fantástico, pero no dejaba de responder a lo cierto, aquel efecto provocado por la virtuosa, acrobática casi, disposición de las masas orquestales del conjunto: una contraposición de estructuras, de manera que lo más pesado - techumbres, alfarjes, artesones y aleros-, al apoyarse sobre lo más frágil -fustes, zócalos, maineles, arcos-, causaba la sensación de estar todo flotando en el aire, flotando en la ingravidez, tanto más por cuanto todo, a su vez, se reflejaba y parecía salir del agua. La precisión matemática al servicio de la ensonación y el júbilo, el gozo, la plenitud de los sentidos. Aquello, sí, era "gótico invertido", en el mismo axis de lo visible con lo invisible, lo tangible con lo intocable, como la Torre de Comares para con su reflejo en el estanque. Entendí así que la Estética consiste en un proceso de subversión metafísica frente al Tiempo y Espacio, cuyos límites entre lo uno y lo otro trasciende, y cuya Energía altera. Y que así como todos poseemos un decurso, de cuya fatalidad sólo es posible escapar en liza contra nuestras inclinaciones más castrantes y turbadoras, la Estética podía y debía ofrecer similar reto, el mismo embate: la superación de lo imposible presentido. La imposibilidad básica de burlar las leyes que afligen a la memoria afectiva, las leyes, en suma, que condenan a sentir la vida sin emoción y sin gracia. Para esto no disponemos más que de la palabra, nosotros los escritores. La palabra basta para reconstruir el mundo, cuando éste se nos ofrece, en su fealdad y crueldad, incompatible.
Yo subía a la Alhambra y me estaba allí las horas tomando el sol en el pórtico norte del Patio de los Arrayanes, y oliendo los mirtos y cipreses, además de los aromas que desprenden las maderas antiguas, que crían su resina, y escuchando el agua con los ojos cerrados. Me gusta escribir por impregnación de los lugares, como Anteo, que cogía la fuerza de la tierra. En realidad escribía para fijar, y que no se me olvidara, el gozo de aquellas ensonaciones. Me sentía tan feliz que quería prolongarlas, y así fluía la escritura. Para mí la felicidad tiene mucho que ver con el agua y el sol, con la luz que reverbera en los colores de los frutos, desde la naranja al albaricoque, las cerezas, las uvas, y los colores allí flameaban desde los mosaicos primorosos. Aquel gozo me convirtió en un obseso de la calma, en un adicto a la plenitud de los sentidos. Yo creo que en aquellos raptos sensoriales aprendí más que en todos los libros. De éstos ya comenzaba a abusar, pero eran como sustitutos de aquella calma y plenitud ideales. Yo leo para, en cierta forma, seguir escribiendo, pues mentalmente lo hago mientras voy leyendo. Por eso tengo contraída una deuda con todos aquellos individuos que tienen el valor de enfrentarse con una página en blanco. Háganlo mejor o peor, y superando, tantas veces, situaciones de penuria y angustia personales. El vértigo de la página en blanco es lo que nos une a todos los escritores, porque eso, el vacío de la página con las

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