Under the Bridge, Daniel D'Angeli.
de renunciarse por la excesiva complejidad que entranaba. Fue una opción, personal en este caso, en la que se dio prioridad a la cronología en el orden de la escritura, pues en efecto yo la había ido redactando así, dibujando figuras geométricas sobre la planta del templo. Sin embargo, como el templo puede recorrerse de cualquier parte a otra, así el libro puede ser leído en las bóvedas que lo componen, al margen de la numeración de páginas. Ahora bien, fuera el procedimiento de lectura el que fuese, la coherencia de la ilación de fondo obligaba a una narratividad tan elástica y abierta que lo hiciera posible, un método lo suficientemente gelatinoso que pudiese acoger los más diferentes tonos y escenas, con lo que la "proyección total" se hiciese factible.
Qué complicado parece todo esto y no lo es, sólo que acierto a duras penas a expresarme. Cada bóveda o capítulo debía contener, de manera más o menos germinal o latente, los episodios contenidos en las demás, al menos en cada trayecto en donde se insertaban; debía ser, para entendernos, como una exfoliación holográfica, en la que todo contiene a todo, sin perder el sentido autónomo de lo que se ofrece como entidad independiente. Se obedecía así al referido efecto de eco o resonancia: todo estaba en todo, y lo que figura (o narra) en una bóveda se ha prefigurado en otra, al tiempo que configura las siguientes. Éste al menos fue el propósito, en orden a su cohesión. Pues si no, ¿a son de qué llamar armónica a aquella construcción narrativa? ¿Cómo si no trasladar a letras la armonía de aquella montana pétrea, en la que se inspiraba? Me costó diez años levantarla, contando con sus tres redacciones (última de ellas la dictada al mecanógrafo), más la corrección final de galeradas (que no fue un paseo precisamente), y contando también con los anos en que, entre redacción y redacción, dejé reposar los sucesivos originales. Salió finalmente en 1986. Yo sabía que había apostado por un mundo novelístico fuera de las rutas transitadas de navegación literaria, que para las fechas escoraban hacia un tipo de realismo cronístico, enteco de cuestionamientos científicos o metafísicos, un realismo ufano del buen vivir externo que se nos venía encima y, como tal, desganado de todo ánimo de trascendencia. Parecía entonces como si la sociedad no tuviera oídos más que para quien la halagara, narcotizándola en aquella pereza anímica que confiere la riqueza fácil. Aposté y, pasados veintiocho anos desde que la comencé (treinta y dos, en el momento que esto transcribo para darlo a la imprenta), no me he arrepentido, pues también la del esteta debe ser la máxima senequista de hacer en todo momento lo que ha de hacerse. Esto sí, con el tiempo me obligaría al ostracismo. Social y literariamente mi opción había fracasado. Tuve que irme, aprovechando un puesto de trabajo, como otros muchos companeros de navegación literaria. Y aún no hemos vuelto y es posible que no volvamos nunca. Qué dolor, amigos, ese doblarse sobre la tierra según van pasando los anos y ver que esa tierra no es la tuya. Qué dolor que sea Granada la única ciudad que describimos, así nombremos una por una todas las del mundo. Sí, qué estigma, pero qué carisma también, haber nacido en Granada, habernos nacido Granada. Y el alma no descansa. No me duele el esternón, ni el pecho se me oprime, así pongo el pie en Granada.
Esa Granada de la que, de pequeño, yo sabía ser un destino el hecho de nacer en ella. Y no conocía más que lo que podía ver desde los cristales de un balcón volcado sobre la calle Párraga, hacia los tejados que dan, sinfónicamente dan, con la cúpula de La Magdalena. Y aún ni siquiera me habían llevado a Bib-Rambla donde entendí que la vida difícilmente cabe en un libro, rectangular como aquella misma plaza. Un libro que huela, y donde se sienta el sol y corra el agua, para beber lo que no se entiende y mirar lo que no puede decirse: ese misterio, esa comezón de las gentes que se agitan como las hojas de un árbol, tristísimo a fuerza de generaciones y años; un árbol cuyas hojas caen por la única y misma razón de que nacen.

Granada del mar de las historias. Hace exactamente diez anos (catorce ahora que trascribo el original de este ensayo) que apareció el cielo de Bagdad, el mismo sobre el que se extendían las alfombras voladoras de las Mil y una noches, embargado por los misiles que estallaban como flores letales. Bagdad, cuyos ríos bajaron negros de tinta durante tres días, después que, en siglos pasados, los mongoles arrojaran allí los libros de su inmensa biblioteca. Bagdad, cuyo cielo era un libro, miniado a oro y fantasía, como la misma Alhambra. ¿Y qué milagro era aquel de la literatura, que no parecía sino que en ese libro que era el cielo de Bagdad estuvieran cayendo, desgranándose, las lágrimas de Sherezade? Unas lágrimas con sal de fuego, y metralla y pólvora. Esto es en Granada un libro, la infinita lágrima de Sherezade. Y ahora que el mundo vuelve a ser los ojos de aquel anciano afgano, que se los hizo extirpar para, con el dinero que le daban, salvar la vida de su hijo, comprendemos que la literatura nunca estuvo lejos de la vida. Es la mirada y los mismos ojos que la contemplan. La mirada. Y los ojos.

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