Poema de esta obra: Un cementerio de coral

 

BETH HAIM, que vale tanto como decir "casa de la vida", es el nombre del cementerio sefardita más antiguo de América. Desde finales del siglo XVII, sus lápidas están escritas bilingües en hebreo y castellano o portugués. Pero la mayoría de las más recientes sólo en castellano. Esta última circunstancia induce a significar -para quien así quiera entenderlo- que la lengua española es tan absorbente que los propios sefarditas podrán olvidar su lengua de sangre, pero no la materna castellana (a diferencia de otras etnias peninsulares). Y quiere decir asimismo -para quien entienda- que la lengua castellana es la aportación fundamental española al mundo, a la creación del Nuevo Mundo en este caso, por más que existan otras no desdeñables, como el Barroco, que en América se hace autóctono.
Que las colonizaciones anglosajona y holandesa hayan sido más insatisfactorias en algunos aspectos que la española, no consuela a nadie. Evoca, con harta pesadumbre de nuestra parte, la discusión aquélla de dos paisanos nicaragüenses acerca de si los escorpiones de su pueblo eran más grandes que los del pueblo del otro. No hay atropello que no hayamos perpetrado, ni miseria en la que no hayamos caído. Nuestra opción religiosa, apuesta ideológica fundamental de España, fracasó en buena medida. Pero nos une poder decirlo, provocadores e implicados, en castellano, que es una lengua perfecta. Todos los nombres indígenas (o buena parte de ellos, que viene a ser lo mismo) fueron barridos. Esto ha de entenderse, además de por motivos de prepotencia, por ese poder de absorción de la lengua castellana, que dijérase es consustancial a su existencia; pues, por lo demás, de todos es sabido que el colono español, a diferencia de otros, podrá adoptar hábitos distintos (lo que siempre es aconsejable), pero no renunciará nunca a su lengua. Y, de otra parte, tampoco debe ignorarse que al comienzo del siglo XX había en el ámbito hispánico de América del Sur veinticinco millones de indígenas puros, mientras que en los países colonizados por otras potencias europeas, algunos de cuyos intelectuales tanto y tan acerbamente han criticado la labor de España -no siempre ajenos al poso que en ellos dejó la "leyenda negra" española, amén de por la instigación indirecta que supuso el mito del "buen salvaje"-, apenas había los suficientes para exhibirlos como curiosidad pública.
Beth Haim está enclavado en Curaçao, isla de las llamadas de Sotavento del Caribe, a unos sesenta kilómetros al norte de la costa de Venezuela. Curaçao fue posesión española de 1499, en que la descubrió aquel detestable Alonso de Ojeda, hasta 1634, cuando una guarnición compuesta por siete hombres de armas, ubicada en un fuerte de la Higuera, declinó defenderse ante la potente armada holandesa que se le venía encima. Los españoles fueron deportados unos a Santo Domingo y otros a la provincia de Coro, actualmente en tierras venezolanas. De Brasil, las Guayanas y de la propia Holanda fueron llegando paulatinamente judíos, todos ellos sefarditas y, consecuentemente, descendientes de españoles, pues se recordará -acerca de los llegados del Brasil- que ya en el siglo XVI portugués era en España prácticamente sinónimo de judío converso deportado. Los holandeses no se fusionaron con los autóctonos arubacos, que tampoco ésa era su costumbre, antes bien los desterraron en un notable empeño por partir de cero, y reprodujeron sobre Curaçao las casas de Amsterdam como poca imaginación que ellos mismos tienen la cualidad de reconocer. Esto sí, tiñeron aquellas casas de aguda techumbre con colores pastel, salvo en blanco (que hacía daño a los ojos del gobernador, aunque es más creíble que lo fuera a su esposa). A Curaçao, en repetidas oleadas, fueron llegando judíos sefarditas, por intereses distintos, salvo casos aislados, a los negocios de esclavitud, cuyo monopolio corrió a cargo de la West Indies Company. Estos, los sefarditas, sin embargo, generaciones más tarde, prefirieron no acogerse en aquellas casas holandesas con hastial y gabletes, bastantes de las cuales habían construido, muy bellas en Holanda, pero de todo punto irracionales en un clima donde nunca nieva. Así es que, andando el tiempo, sus descendientes crearon un barrio genuino, seguramente único en el Caribe, llamado Scharloo, y al que aluden algunos versos en las páginas que siguen.
De la herencia estrictamente española (aparte de la comunidad sefardita, con su secuela comercial) no quedó sino algunos colegios de formación católica para la alta burguesía, que todavía existen, algunos periódicos, que ya no, y, como cabía esperar, su influjo sobre el papiamento, lengua materna de Curaçao y demás islas pertenecientes a las Antillas Holandesas.
Beth Haim, por muchos conceptos, es un ámbito único. Cualquier lector español de este libro está lejos de sospechar que seguramente su apellido está grabado en la lápida de alguna de sus innumerables tumbas. Es un lugar muy especial, aunque sólo sea porque abundan fósiles de coral -de la especie que llaman "diabase"- con inquietante forma de cerebro humano. En el centro, por toda vegetación, hay un cactus arborescente, enorme. No creo que nadie lo haya plantado. Inminente a su espacio, tan estéril y pedregoso que evoca el Hacéldama bíblico, se alzan las cilindricas chimeneas, coronadas de llamarones, de esa refinería de petróleo cuyo anagrama consiste en una concha (símbolo, suponemos, del bautizo laico de la nueva edad mercantil). Los accionistas de la Compañía, que no son descendientes sin embargo de los sepultos al lado, detuvieron a tiempo el avance de las tuberías y demás artefactos, empeño encomiable que no deja de honrarles. No así la lluvia acida, que de cierto lo es con sólo pasar el dedo por una de las lápidas y llevarlo al paladar.
Vivamente impresionado por este lugar, y preguntándome cómo y por qué razones unos descendientes de sefarditas no se habían detenido hasta alcanzar esta apartada región de la tierra; esto es, de qué riesgos e incomprensiones huían para que no les dejaran en paz sino en este confín ignoto del mundo, fui escribiendo estos poemas, por darme solaz en horas interminables y rendir homenaje de reconocimiento hacia estos otros españoles ex illis. Mas, lo que en un principio se planteara como tributo de fascinación a un territorio y a quienes lo habían habitado en adverso destino, con el tiempo y la reflexión fue trocándose en indagación acerca de la naturaleza íntima, social y religiosa, de tal pueblo, cuyos integrantes, si como individuos pudieron perpetrar aisladamente excesos que son propios de la condición humana en general, en cuanto etnia generaron una admirable concepción del mundo, cifrada en los predios de la fe más asombrosa ("pueblo que tal ora merece llamar de tú a Dios"). Queden, para ocasión mejor, cuestiones atañederas a la identidad histórica española: si los judíos sefarditas propenden en mayor medida a su condición judía o sefardita como tal, pues distingos como éste conturbarían el grado de serenidad propicio a la lectura de todo poema. Baste consignar sus numerosas aportaciones, ínsitas al legado cultural español, no siendo la menor cierto linaje de Cábala (pues al fin El Zohar fue escrito en España) y que jamás renunciaron a su lengua española, a cuya formación tanto y bueno habían contribuido sus antepasados con una literatura esencialmente mágica, por lo perfecta. Y hasta es posible que el "amor a España" (no a la dinastía que les expulsó; no deben confundirse ambos términos), así en abstracto y tal como se entiende por el mundo, sea en alguna medida herencia de exilio inconsolable.
En Curaçao, donde la vida es más próspera que en cualquier ciudad española, no hay un solo palacio ni templo que no sea la sinagoga más antigua de América y todo el hemisferio occidental. Está Beth Haim en cambio. Los españoles no lo conocemos. No he encontrado un solo libro en castellano que haga referencia al mismo

 

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