La ciudad es símbolo de quienes la habitan, con sus atavismos, sus derrotas o sus conquistas. Estos cuentos nos muestran a unas gentes inquietantes, medio alucinadas, transitando por una Accitania mítica y real, mística y vengadora. "Sellos como piel de anaconda" y sus referencias al Caribe o a la extraña peste, "El hachador" y sus inexplicables transformaciones, el triste desamparo de vida en "La puerta siempre cerrada", el viaje como introspección en "Lo desconocido" o la añoranza por el tiempo del amor y la belleza en "Sor Betina", así como el trasfondo rural en "El ataúd prestado", y la maldición de Chernovil que flota en "Dulce Paris", con el caserón embrujado de "La voz al otro lado del muro" o la heráldica de los sueños en "El palacio de la muerte", y desde el amor como lucha biológica de "Nata y luto" hasta ese tren simbólico que proféticamente irrumpe ya en "El salto".
Tal es la aventura de estos relatos que, acogidos a la antigua metáfora del río de la vida, "tienen - en opinión de José Lupiáñez, su prologuista en la primera edición - el temblor del siglo XIX y son completamente actuales", tal vez porque, afiliados a la concepción del cuento como proyecto de novela, tratan de conjurar, mediante su evidencia, los temores ocultos, las obsesiones y paradojas del hombre de nuestros días. Y así su misterio, ya que en muchos de ellos los objetos cobran vida turbadora, erigiéndose en protagonistas inesperados.

 

Impresión artística de las cuevas accitanas por Socram.

 

 

índice de obras del autor