De mi primera estancia en Córdoba, apenas si recuerdo el bullicio de la estación de San Rafael. Era una tarde de verano, y de esto hace tanto tiempo que había aún vendedores ambulantes, pregonando dulce de membrillo de Puente Genil. Y afuera, se estacionaban los coches de caballos. Nunca se sabe lo que puede pasar cuando llegas a una ciudad, solo y porque sí. Y ni aún imponiéndome de la imaginación más arrebatada, pude yo entonces, allá por 1982, calcular las consecuencias. Pues la ciudad ni pareció bien ni mal; simplemente me atraía. Me imantaba tanto que volví unas cuantas veces más, hasta, finalmente, rendirme a la Mezquita. De manera que, cuando pasaron ocho años más de aquella primera ocasión, volví, pero para escribir. Debo a aquel libro, La quibla, algunos de los poemas más felices de mi vida, como también la serena certidumbre de que no podré superarlos.
Lo que en esta ciudad me aguardaba era algo más, que hace referencia a su esencia misma: el destino. Y así he vuelto. Me he pasado dieciocho años volviendo, sin saber que, cuando se vuelve tanto a un lugar, es que en este lugar había algo tuyo muy profundo, con lo que regresar se convierte en encontrarse con esa otra parte de uno mismo, y así completarse. Yo no sabía, ni lo deseaba; por eso lo llamo destino.
Guardo una infinita gratitud a numerosos amigos, poetas casi todos, ellos y ellas. Como vosotros sabéis quiénes sois, porque son ya muchos años, me abstendré de hacer mención de vuestros nombres, tan queridos. Solamente a ti, Rafaela. Por eso.
Córdoba, a ver. La llevo en la sangre. Sólo que Córdoba me la quema, como si venas y arterias fueran una hoguera que crepitase como sarmientos -¿por qué no decirlo?- en el altar del corazón.

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