ENTREVISTA DE JUAN LUIS TAPIA EN RELACIÓN AL CANON HETERODOXO.
(Publicada en el diario "Ideal" de Granada, 11 de marzo de 2003)

 

- ¿Por qué un canon precisamente heterodoxo?

- Desde siempre, y en todo lugar, el escritor se ha visto sometido a una inmensa presión por parte de los poderes establecidos. En nombre de la religión, la política o la economía -como ahora sucede-, todo parece conspirar contra su libertad de creación e individualidad de pensamiento. Hay escritores que sucumben a esta presión, por lo cual son ensalzados y se les confiere representatividad social, y otros que prefieren seguir con su soledad a cuestas, pero disfrutando del mayor placer que existe, que es por naturaleza el estético e incluso místico. Los que no ceden, ésos son los heterodoxos. Y los que desdeñan los halagos del poder, porque en el fondo son más miseria.

- ¿Cuál ha sido el criterio seguido?

- El criterio es ir contracorriente de los valores impuestos por la fuerza de los hechos o por la disuasión del miedo, incluso para con los gustos supuestamente del público. Durante siglos estos valores escoraron hacia el casticismo, contra lo que se opuso una criptoliteratura sustentada en el sabotaje y el afán de absoluto, la primacía de la libertad de pensamiento e imaginación. En el Canon yo establezco una serie de "líneas de fuerza" integradas por determinadas obras que nos constituyen, en el plano de la identidad histórica, como nacidos en esta parte del mundo. Son las obras de siempre, pero con palabras distintas que nos las expliquen en su necesidad de que fueran escritas por quienes lo hicieron en un momento y no otro.

- ¿Le importa concretar?

- La pregunta es: ¿cuál es el sentido profundo de La Celestina, el Lazarillo o el Quijote? ¿Y de las Soledades o de La noche oscura? Es decir, ¿cuál es la idea germinal que desencadena tales procesos? Esto es lo que me interesa como lector, porque yo he escrito este libro como lector, en uso de mi independencia lectora. Y lo que La Celestina me da es el primer aviso moderno de la "muerte de Dios". Y el Lazarillo la atroz denuncia, en medio de aquella España triunfal, de que no se podía salir de pobre, por muy listo y afortunado que fueras, si no era por medio de renunciar a la honradez, lo cual indica el grado de corrupción moral colectiva. Y así. Góngora probó a inventarse de nuevo el castellano, por repugnancia al que usaban los corruptos. Y san Juan de la Cruz: su Noche oscura es una paráfrasis de determinados pasajes del Cuarto Evangelio, puesta en clave de elementos táctiles, visuales, sensoriales en suma.

- ¿Qué tópicos pone en entredicho?

- El primero y fundamental, la identificación entre catolicidad y España; porque venimos de una metodología oficiosa, que se mantiene por inercia y sin revisión, según la cual la observancia a la norma religiosa ha constituido una manera de ser permanente. En segundo lugar, la superstición del lenguaje: la concisión, la claridad; los heterodoxos hubieron de acogerse a procedimientos que camuflaran sus ideas, mediante símbolos y claves de sentido; les iba en ello la integridad física. El tercero, la supremacía del norte sobre el sur, con el desprecio consiguiente a las periferias y a las minorías: todo eso de la sobriedad, interpretada como esencia. Y sí, hay una sobriedad que inspira verdad, pero también pobreza de conceptos. Por ejemplo, el Zohar fue escrito poco después del Poema del Cid: ambos son españoles, aunque el primero se escribiese en hebreo. De éste nada suele mencionarse, si bien es el texto medieval español más importante. ¿A qué grado de confusión hemos llegado? Bello puede serlo todo: el románico, sí, pero también un simple capitel de filigrana califal.

- ¿Por qué considera menores a algunos poetas del 27?

- Es una generación magnificada en su conjunto. Pero el tiempo ha pasado y vemos que se mantienen muy pocos poemas por parte de casi todos. Aquí sí impuse, a ultranza, mi independencia de criterio. No es un buen servicio magnificar a un autor, porque luego, leído con serenidad, se cae, de lo que el propio autor no tiene culpa. La posteridad, que se obstina en gastar bromas muy pesadas, ha dejado al descubierto lo que hubo de claudicación con los gustos dominantes, la artificiosidad de las vanguardias y los discursos ideológicos intemperantes. Nada que no esté escrito con la emoción pervive; emoción estética, se entiende. El poema es el último recurso antes del fin.

- ¿Cómo valora la generación del 50?

- Me cansa esa poesía sin imagen, sin sorpresa sensorial, repetida y aburrida. Esa queja continua de la situación social. Esa impotencia para el placer, esa castración de lo imaginativo. Doy otros nombres, en su calidad de outsiders. De todas formas, no acabo de entender porqué todos son buenos, y los del 60 todos malos, ya que suele silenciárseles.

- ¿Qué lugar hay en su libro para la Experiencia y la Diferencia?

- Muy pocas páginas, y en consonancia a la heterodoxia que vertebra el libro. La Experiencia supuso la fractura entre el mundo lógico y el pensamiento mágico; hizo al ser humano unidimensional. Pretendió imponer la realidad de la vida ordinaria mediante un lenguaje coloquial y llano, pero sólo ha empobrecido aún más la vida de cada cual. En el libro hago una referencia a sus obsesiones y a sus iconos de la modernidad, conforme a un supuestamente nuevo paradigma, que lo es casticista. Entiendo, en suma, que esa controversia debió darse de todos modos, y si no hubieran sido éstos, los de la Diferencia, hubieran sido otros. El entendimiento es posible, no obstante, dado que ha habido, en los últimos años, un desmarcamiento general.

- Ante la confusión del panorama actual, ¿dónde situar la cordura?

- En el libro se aboga por una literatura transparente, es decir que sus claves de subversión pasen desapercibidas para los controles del nuevo poder, que es el financiero, aliado con los medios de comunicación, de manera que sea factible el entendimiento con los lectores conscientes de los riesgos que entraña este sistema dislocado. Una literatura que implique una reprobación absoluta de los regímenes de la codicia, la polución informativa que distrae del saber, la uniformidad procustiana de las formas y convivencias. Una literatura abierta al placer de estar vivos, porque la vida es un absoluto, al margen de las limitaciones de cada persona.

 

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