¿Y cuál es este sentido? El modernismo no es exotérico, aunque en su forma prevalezcan los hallazgos sonoros y cromáticos, así como estilísticamente la disciplina de ritmos y estrofas. El modernismo no es esto; lo presupone, es todo. El modernismo es esotérico. Sus cisnes no son de adorno. Sus jardines no apariencias sensitivas. El modernismo de Darío es iniciático, como que masónico fue su introductor. Por ello el modernismo, en su más hondo sentido, liga con la heterodoxia española (y por ello estamos aquí hablando del mismo). Es apocalíptico y es órfico. Exige al poeta “revelación” o nada. Su racionalidad es matizable; su utilidad, toda (por más que al subconsciente colectivo se dirija). Pero partimos de que la racionalidad fundamentada en Newton no es compartible desde la realidad cuántica. Y de que la realidad no es la de la mente ni los sentidos, sino una transgresión de leyes cósmicas, no lógicas ni cuantificables en consideración de ese mismo “hombre de la multitud”.

Y porque el modernismo es una recreación del mundo al margen de la lógica, es que nos ha servido de inflexión. La poesía española y su literatura en general ya no pudo ser sino distinta. Asumir su heterodoxia es tarea aún pendiente. No es por ello que los escritores de La Diferencia no sean sensibles al pálpito de la cotidianeidad ni al sesgo urbano: búsquese en la bibliografía de cada uno de sus componentes y se verá que, al menos en alguno de sus libros respectivos, cunde esta preocupación. Pero lo que distingue en esta opción literaria y humana es el descontento con una literatura apariencial, inmediata, aunque eficaz cuanto se quiera, fundada en la experiencia, negada, por sus propios compromisos ideológicos de partida, a la trascendencia. O dicho de otro modo: no es la vertiente cronista de una época lo que suscita la devoción a un poeta por más que éste no quede inmune jamás de los acontecimientos sociales que en suerte –o infortunio- le cupo vivir, sino su testimonio elevado a categoría de símbolo plenamente estético, perdurable y universal, pues el poeta es quien, más que mira, ve y, más que ver, elabora lo que mira. Así hizo Dante. Así hizo Walt Whitman. Así Mutanabi, Li Po o san Juan de la Cruz. En este río eleático que es el tiempo, sólo si te paras comprendes que todo es movimiento; pero hay que pararse, esto es abstraerse en lo posible. Si no te paras confundirás un movimiento con otro, y así el río del arte no será nunca paradójicamente estático, eso es catártico mediante la visión estética, pues es sabido que la energía no evoluciona. Es un sin por qué, como las rosas o como la noche, dos temas que en nuestra literatura de todos siempre se han dado juntos. Es igualmente sabido que para rebatir tal visión “quietista”, La Experiencia acude al tópico de la torre de marfil –las torres de Rubén Darío- y tilda de inanes y abstracción cadavérica los textos no acordes a su estética. Suponiendo que tales calificaciones no supongan voluntad de agravio (aunque en literatura es lícito que las cañas se tornen lanzas), es inevitable que confrontación tal de tan dispares puntos de vista evidencie una fase más de la dualidad literaria española, presente desde sus primeras manifestaciones. No es un caso aislado el actual debate. Por ello sólo puede ser entendido en su perspectiva.

No deja de causar cierta extrañeza que al mayor y mejor polígrafo del siglo XIX, y que tan puntilloso fue en cuestiones atañederas a ortodoxia y heterodoxia, se le pasase desapercibido el problema central incidente en la literatura española de los siglos de Oro, que es la honra o deshonra en relación con la limpieza de sangre. Para situar tan arduo asunto, no vendría mal formular algunas consideraciones de cabecera, que, sucintamente enumeradas, se refieren: primero, a la precariedad y casi ausencia de una literatura medieval castellana; y segundo: precariedad parecida en la literatura medieval escrita en castellano por la minoría judeo-española.

Por lo primero, hay que entender que la literatura en latín, lengua general para la cultura intereuropea, fue en Castilla muy escasa y por consiguiente no pudo darse en su territorio nada comparable a la cultura medieval de su entorno: esto es, Castilla hubo de permanecer al margen de magnas cuestiones, literariamente tan fructíferas como la armonía entre religión y razón o entre realismo y nominalismo. Y así es sabido, por más que sea descender a la anécdota –síntoma en este caso-, que en el siglo XIII el rey Alfonso VIII tuvo que traer maestros de fuera para iniciar los llamados Estudios de Palencia, germen primero de la Universidad de Salamanca. La literatura española, en su sección castellana, proyectaba así su energía expresiva hacia la épica y los géneros doctrinal y jurídico, amén del hagiográfico. La deuda con Francia del Poema del Mio Cid, como seguramente escrito por Jerónimo Visqué de Perigord, es patente, paralela a la influencia de la Orden de Cluni, artífice de una cultura primordialmente afecta a cesaropapismo, y contraria a los brotes de autonomía local, en la sociedad castellana; en cualquier caso, el Poema de Mio Cid es un exponente único, extrapolable a Francia solamente, de canto épico medieval, pues no hubo cantos épicos ni en Italia ni en el Languedoc , precisamente las áreas de influencia andalusíes; es más, si tomamos como referencia ese mismo siglo XII, hemos de considerar que al mismo tiempo que en Castilla se pergeña el Poema de Mio Cid, fuera de ella se está escribiendo el diálogo espiritual entre Abelardo y Eloísa: es toda una diferencia de gradación no solamente literaria, sino social. Todo induce a pensar que Castilla adaptaba el orden europeo medieval –que descansa en la visión del mundo como suprema armonía dispuesta por Dios- en los valores autóctonos de la expansión y enseñoreamiento militares: “Ventura te dé Dios, que saber no te hace falta”, según adagio popular castellano recogido luego por Gracián.

Por lo segundo, la precariedad literaria hebreo-española, ésta se apoya en que el pueblo sefardita, nuclearizado en torno a las doscientas sinagogas que se contabilizan en España durante la Edad Media, centró sus ansias en una literatura fundamentalmente religiosa, de corte rabínico, no siendo impermeables a las ciencias empíricas –y aun judiciarias o metapsíquicas, de lo que es muestra el cabalístico Zohar, tan monumental que aún no ha sido íntegramente publicado-, sin cuyo impulso decisivo Toledo no hubiese sido el emporio cultural a que luego llegó en tiempos de Alfonso el Sabio. Pero los judíos sefarditas no eran aún perseguidos, ni siquiera hostigados; es más, cabe inferir lo contrario si –descendiendo de nuevo al dato histórico- tenemos en cuenta hechos puntuales, como que el propio Alfonso X mandó en 1263 a los judíos de Madrid que cuantos en sus casas tuviesen libros heréticos contra el judaísmo los quemase frente a la sinagoga.

 

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