El Siglo de Oro, decíamos, es consecuencia de esta tensión por la cual unos ganan y otros pierden a mayor gloria de un linaje, una limpieza de sangre de la que ni los propios nobles aristócratas quedan exentos de sospecha por rancios que sus abolengos fueran (y ahí está el Tizón de España, escrito por un eclesiástico, para demostrarlo). Como es habitual en todos los periodos históricos es la casta dominante la que instaura la escala de valores y costumbres más que por ellos mismos en sí, por oposición a los valores y costumbres de la casta dominada; esta es la razón por la cual se cultiva la ignorancia, no porque la ignorancia sea noble o deje de serlo, sino porque la cultura de libros, por detentarla en su mayoría los judeo-conversos, es tan innoble como sus linajes. Y es así que libres de sospecha quedan tan sólo los campesinos, por lo que en España, y sólo en España, la pobreza ha venido siendo sinónimo de nobleza: “Eres de linaje limpio, aunque seas villano; puedes por tanto aspirar a lo más”, nos dice Calderón en El alcalde de Zalamea. En el Quijote se lee que Sancho dice: “ Yo cristiano viejo soy y para ser conde con esto me basta”, a lo que don Quijote, cristiano nuevo con todas las de la ley, contesta: “Y aun te sobra”. No teníamos entre unos y otros españoles del siglo XVI mozárabes que atenuasen aquel enfrentamiento, pues éstos, a tenor de sus ascendencias, y como placenta sedimentaria que siempre han sido del “estado llano”, bien escoraron a una u otra casta. Pero estaba Cervantes con su lección: españoles somos todos, somos y estamos en la españolidad todos, y tanto es así que muchos hemos llegado a don Quijote precisamente a través de Sancho. Esto nos enseña que Cervantes, como a Cervantes fue el propio don Quijote, creado inicialmente para combatir los efectos perniciosos del heroísmo caballeresco, quien le reconcilia con la andante caballería, flor de liberalidad, cuando se da, del talante hispano; toda una paradoja de cómo el personaje puede transformar al autor, mediante el desvelamiento de lo que no quiere ver dentro de sí al revulsivo –psicoanalítico diríamos hoy- de su propia inventiva. Andante caballería donde se concitan reminiscencias griálicas de antiguos templarios condenados por herejes; andante caballería –la que “a vista de las aguas descendía”- donde resuenan los miles de conversos que a ella se acogieron en los siglos oscuros. Y sí, es a través de Sancho, análoga y paradójicamente, que muchos accedimos a don Quijote, precisamente mediante la tolerancia, engendradora de esa autocrítica que conlleva todo proceso irónico. Esa misma tolerancia que simultáneamente vemos en Velásquez cuando en Las Lanzas Spínola parece excusarse ante Nasseau de su victoria, o en Las Meninas esa dama Isabel Sarmiento cuya inclinación reverencial asimismo parece dedicada al mundo más que a la infanta se señora.

El Siglo de Oro, pues. Alcanzó su punto álgido por vía de los judeo-conversos, en tanto que ellos, como cristianos nuevos, vehiculaban un esplendor, en buena medida provocado por los mozárabes arrianos, que desde el al-Andalus del siglo XIII se había expandido por Occidente propiciando un auténtico Renacimiento –según ha mostrado Roger Garaudy- cuyos afectos recibe ahora, en la primera mitad del siglo XVI, España y se mantiene, con las transformaciones de rigor, en una resistencia verdaderamente agónica contra las directrices dogmáticas e integristas de la casta dominante. Y se mantiene medio siglo aún en la centuria siguiente, gracias al postrer Barroco, que en Andalucía, por el precedente de sus humanistas judeo-conversos (Mal Lara, Rodrigo Caro, Argote de Molina, Hurtado de Mendoza, Ambrosio de Morales), hubo por fuerza de ser culterano. Tras de esto, queda la inercia; la inercia hasta que sobreviene el parón definitivo. Torres Villarroel supone el último vagido de esta jerarquía instrumental de cerebros predilectos: “El mundo –nos dice- está ya de otro humor (…) y los hombres de esta época aspiran a otras máximas y a otros estudios más conformes al genio del siglo”. Tras él, esta orquesta del pensamiento decae, desafina y al fin se va callando en el marasmo de la confusión y ausencia de aliento. Tiempo ha de llegar que se prohiban, por orden real, los ataques a Feijoo, como antes curiosamente se había hecho para con Erasmo, en tiempo en que la casta dominante no había atribuido al erasmismo aún ser refugio de ideas luteranas y judaizantes. Ahora el siglo XVIII se extiende por España como una más de las llanuras interminables de la inhóspita Castilla. El casticismo se impone, la reacción campa a sus anchas y, junto con ello, el uso de la razón como un sistema e pesos y medidas a que todo intelectual ha de ajustarse. El Barroco es desterrado por poco racional, por infringir el “buen gusto”, por demasiado español en la suma, pues el Barroco, síntesis sublimada de toda contradicción, precisamente “es lo que no es”, esto es no la realidad, sino su revés. Pero aún así, hay algo en lo ibérico que se resiste a morir. Es la subversión contra todo y todos. Es como un espíritu, como ese imán que hace que las aguas escojan el sitio por donde quieren ir contra el parecer de quienes aspiran a entubarla; es como la refracción en el aire de todas las sangres, sangres de este claroscuro que de siempre este país ha sido. Es –si se me permite el símil- eso que está ahí, en el llamado “vaso del héroe” encontrado en La Alcudia, cerca de Elche, y que los arqueólogos datan de 2.500 años antes de Cristo. Vemos en él una figura de hombre con jubón o pellico, unas calzas ceñidas y redecilla en el pelo recogido atrás en coleta. ¿Es acaso la misma figura de ese individuo con casaca corta y parecidas calzas e igual redecilla en el cabello de ese quidam cuya retina Goya apresó en el Madrid dieciochesco y en su cuadro titulado El baile a orillas del Manzanares?

 

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