España, nos vuelve a recordar Américo Castro, surgió no antes del siglo VIII como un conglomerado de las tres castas de creyentes monoteístas: cristianos, moros y judíos. Pero existe un sedimento propio, vinculador y transformador que, sin definir diacrónicamente su identidad concreta, como Sánchez Albornoz pretendía, la orienta, sin embargo, en ordena instintos subyacentes, que tienen mucho que ver con la subsistencia en un territorio duro, seco, estéril. Es la sobriedad como canon moral que trasciende a lo estético, es la impasibilidad, es el irreductismo hacia lo externo; de todo ellos es la fijación en la muerte, nombrada en nuestra literatura bien La blanca, bien La negra, como constituyendo un tablero de ajedrez donde los demás asuntos tejen sus celadas o cazas a las que dar alcance. Sobriedad, impasibilidad e irreductismo que ya están presentes en una de las primeras noticias históricas que se nos transmite de sus pobladores: Es tácito, en efecto, quien, en sus Anales refiere el caso de un nativo de Tiernes que, apresado bajo acusación de homicidio a un pretor, se negó bajo tortura a implicar a otros ciudadanos en el supuesto de conjura que se le achacaba; se le condenó a muerte y, entonces, yendo hacia la ejecución, aprovechó un momento de descuido para, con una piedra que tomó del suelo, romperse la cabeza. Y es el mismo Tácito quien comenta: “Aquí existe aún la Hispania antigua”; esta impresionante anécdota y apostilla consiguiente es tanto más sintomática por cuanto sirvió a Fernando Sánchez Dragó de punto de arranque para su monumental Historia mágica de España. En la edad conflictiva y aún antes esta proclividad colectiva, esta inclinación que parece inscrita en el código genético, se dio en los mozárabes –y ahí la gesta en Ronda de Omar Ben Hafsun- y fue transmitida al pueblo castellano, que aprehendió los usos inquisitoriales de los propios hispano-judíos al igual que tomó del Islam la unión entre religión y política, si bien por cambios distintos a los de la tolerancia arábigo-andaluza. Estos valores reaparecen en el siglo XVIII y la divergencia entre mayoría iletrada y la minoría ilustrada, con menoscabo de esta última cuyos integrantes terminarán siendo absorbidos por los atavismos de fondo, es buena prueba de que era precisa la subversión estética como única opción de salida del letargo. Ya que dicho que el romanticismo español no superó estas ansias renovadores, como tampoco el realismo porque vino a significar, más que una crítica social consciente (que lo fue en los casos de Clarín, Galdós y Pardo Bazán), una revisión de usos patriarcales de todo punto ya obsoletos; es esto último lo que viene siendo conocido por costumbrismo, un híbrido posromántico expuesto con más novedosa técnica (Pereda, Coloma, Valdés, Valera, Alarcón). La subversión estética, paralela del regeneracionismo ochentaiochista, llegaría, pues, con el modernismo. Y he escogido el término “subversión” por incidir en él toda la heterodoxia siempre latente en el “modus hispánicus” más remoto, aun siempre marginal; de hecho, y como es sabido, el término “modernismo” fue acuñado por traslación de la desviación herética del mismo nombre, fulminada por aquel nefasto pontífice que presionó a Austria para que declarase la guerra Servia, cuyas consecuencias desgraciadamente han llegado hasta nuestros días. Desde este punto de vista, Rubén Darío no habría hecho más, como Américo Castro afirma, que “hurgar en el rescoldo de las auténticas posibilidades hispanas para que reviviera una milenaria tradición e gran poesía y expresión total de la vida”. Ello no fue sin traumas de aquellos otros españoles según la manera de ser heredada de los cristianos viejos de caer en aquello que precisamente critican. El exabrupto unamuniano de “indio con pluma” dirigido a Darío más que indicar contrariedad por lo que no se entiende significa desorientación, aturdimiento. Porque el modernismo volvía a incidir en el “hombre interior” esta vez liberándose de las inhibiciones a que por tantos siglos fue esclavizado, en la patrimonialidad cósmica del hombre, plenamente contemporánea como aprendida por Darío de Walt Whitman, pero por vía distinta al recitador de Kierkegaard y de algunos otros preexistencialistas que al parecer ignoraban que buena parte de la argumentación por ellos esgrimida está ya en Averroes y es por su influjo que alcanza, a través de Guido Cavalcanti, a ciertos humanistas germánico-latinos. Es por otra vía que el modernismo impone su enseñanza, y ésta es la del goce sensitivo, la del triunfo esencial de raigambre semítica y acorde a la más íntima palpitación del ámbito mediterráneo.

Ningún movimiento estético del siglo XX ha tenido su vigencia. En nuestra literatura, al menos dos de sus tres grandes estilistas –Valle y Gabriel Miró- nunca renunciaron a sus supuestos germinales de esplendor formal. Volvieron, en el caso del último mencionado, al “hombre interior”, una especie de autismo antes el acoso externo, una reacción en suma de inconformidad que ya vimos implícita en la obra de Teresa de Avila como exponente más alto de un linaje de literatura en quiebra permanente con la vida, y de que son indicio los tres mil títulos de este género publicados en el Siglo de Oro.

El equívoco, pues, de la literatura española reposa en un dilema falso entre lo que se considera español y lo que es español -el escritor español por excelencia- a Cervantes, como prueba de lo que estamos diciendo (en 1939 por ejemplo, en momento de exaltación imperial pleno de resonancias casticistas, llegó a declararse que no merecía el rango de máximo representante de nuestra literatura, propugnándose por el contrario a Lope por ser su obra más acorde a un “pueblo de caballeros”) y, sin embargo, es aserto asumido por propios y extraños que el Quijote (que “no nos ofrece la ejemplaridad oportuna en estos momentos trascendentales de la historia de España”, en opinión de ese mismo señor sin duda coherente con su visión casticista) no pudo escribirse sino donde se escribió y por las circunstancias en las que no es preciso abundar. Sin embargo, el dilema está ahí, presto a evidenciarse por razones habitualmente políticas. En los años 50 y 60, paralelamente a un realismo social de tipo más bien garbancero, surge una novela escorada hacia el “hombre interior” y que de su teórico llamó “metafísica” que no traspasó los niveles del conocimiento público debido en gran manera a la presión en su contre; el caso no es aislado y el hecho de existir por aquellos años otro tipo de novela “fantástica”, cuyo exponente más alto quizás fuera Alvaro Cunqueiro, igualmente postergada, nos indica que la diferencia de norma y dado que ésta no suele imponerse sin aquiescencia del poder constituye en la realidad una heterodoxia, eufemísticamente llamada como se quiera. Ello ha sido tratado con más propiedad por Manuel García Viñó. Naturalmente, y como es preceptivo, si a estos heterodoxos se les ocurriese denunciar las causas sociales y políticas, ajenas a la literatura y en buena parte también al mercado, el sistema ya tiene previsto lo que sus nuevos inquisidores han de argüir, y es el dicterio de “resentidos”, estigma que parece marcado a tizón de hoguera. Ello implica, primero, que ellos han triunfado, segundo que el fracaso –por otra mucho más “lírico” que el éxito- deja de ser un derecho, y tercero que, al omitirse la natural benignidad a que están obligados los “triunfadores”, tal triunfo, caso de ser cierto, no llegaría lejos, sobreviniéndole, tarde o pronto, esa revisión del futuro que en el fondo es una broma pesada de las posteridad. Si, sea por cansancio o por súbita luminosa idea, se prefiere suplir el estigma, puede escogerse también, como recientemente ha ocurrido, el más fiero, contundente y hasta pervertido de “tontilocos”, sin caer en la cuenta que fue dicterio de larga tradición inquisitorial contra los “pobrecitos” judaizantes.

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