Análogamente, en los años 50 surge una poesía social contestataria, de muy escaso valor estético, y seguramente ético (a tenor de lo que el mundo ha visto desde entonces), contrapuesta a una otra opción formal y conceptualmente más acorde a la sensitividad y exigencias de ese “hombre interior” (Rosales y grupo Cántico) cuyos poetas, bien antes, bien después, hubieron de recibir todo tipo de reticencias. En los años 80 se impone la poesía clara, racional, realista y útil; refractaria, por ello mismo, a todo tipo de retórica, sin apercibirse, sus teóricos, de que toda retórica es consecuencia de un sistema de pensamiento y sólo en ocasiones excepcionales su causa: es por ello que este tipo de poesía no tardó en aherrojarse a su retórica propia. Por pretender lo claro (“es un error –nos dice uno de sus componentes- encerrar la poesía en un discurso difícil”), media lírica española –desde Juan de Mena a los poetas del 27 que reivindicaron a Góngora, y aún después muy concretos culturalistas- ha de resignarse a emprender el camino de la hoguera; por pretender la racionalidad a ultranza se echa abajo todo lo que por instintivo rebasa las certidumbres de la lógica: desde la poesía mística, engranada en lo sufí y cabalístico, a los atisbos de la hipersensorialidad modernista; por pretender lo realista, el ser humano, despojado de sus intuiciones más indeclinables, queda reducido a la categoría clónica: la capacidad creativa de elevar a símbolos, metáforas o alegorías el acontecer del hombre queda relegada a la impotencia de un simple testimonio presencial y por ello pasivo (al poeta se le reduce a “testigo presencial, más o menos privilegiado, del devenir histórico y de unas circunstancias vivenciales específicas” en opinión de otro de sus miembros: específicas, esto es, intrasferiblemente de su persona, es decir de su experiencia; esto, si fuera así, supondría la renuncia a una de las funciones de la literatura como modificación de la realidad, plenamente inscrita en la caída de las ideologías; otros poetas no habrían de apoyarse en tal supuesto ideológico de izquierda para practicarlo y creer en él, les basta con haberse introducido en determinados rudimentos de física cuántica, cuyo paralelismo con la mística europea del siglo XVI queda por estudiar); por pretender, en fin, la utilidad es fácil deslizarse a lo demagógico, buscando artificialmente un mayor número de lectores.

Los impulsores de la literatura de la Diferencia no constituimos, ni entra dentro de nuestras previsiones, un frente en contra de ninguna opción literaria, incluida La Experiencia, cuyos cultivadores están muy en su derecho de defender cualesquiera postulado, por la razón de que la estética o estéticas propias son, como puede rastrear cualquier profano, no ya especialista, muy anteriores y parten de tradiciones consideradas heterodoxas por los discursos ideológicos dominantes del pasado y aún del presente. La Diferencia no es lo contrario a La Experiencia, por más que en el plano didáctico pueda así ocasionalmente ofrecerse. Abundar en ello sería por nuestra parte reincidir en el equívoco ya analizado causante del dilema literario al que en su día Dámaso Alonso se refirió con la expresión de “Escila y Caribdis” como escollos infranqueables. Nos limitamos, o éste al menos es el propósito general, desmentido en lo circunstancial por polémicas normalmente causadas por personas ajenas a la literatura de creación (tribunos públicos que durante todo un decenio han primado descaradamente, y con poca policía de sus personas y buen nombre, la opción de La Experiencia por creerla progresista y de izquierda, ante el alelamiento y mala conciencia, complejo de inferioridad, inhibición y en suma ignorancia de sus contrarios políticos), a afirmar un discurso literario libre, asentado en las convicciones liberales, libertarias incluso, de la mayoría de nosotros. Y esto es porque sabemos y entendemos que cumple y basta la normalidad democrática para que toda concepción de la vida y del arte coexista ya que seguramente responde a sentimientos e ideas no gratuitos socialmente. Esto sí, en esa orfandad de valores, en este acoso de la individualidad a que nos somete la globalización de la cultura, la obsesión por la uniformidad, muchos de nosotros no estamos dispuestos a renunciar a la identidad histórica de nuestra literatura, fundada en la defensa contra la opresión de los muchos contra pocos, y ello es porque de la conciliación con el pasado es la esperanza del porvenir. O por decirlo con palabras de Cervantes, también a su despedida: “Tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que sé convenía”.


Del 8 al 15 de Enero de 1996.

Antonio Enrique

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