Del ambiente de inquietud intelectual que reinaba en la Facultad de Letras surgió la colección “Zumaya”, dirigida por el poeta Juan J. León, cuyo primer número publicado fue, con fecha de 1974, “El poema de la Alambra” de Antonio Enrique, un libro torrencial en su léxico y en sus metáforas, una obra rarísima que provocaría el estupor de sus contemporáneos.

Otro poeta muy joven, el gaditano de La Línea de la Concepción José Lupiáñez, después de haber vivido su primera adolescencia en Barcelona, recaló en Granada por esas mismas fechas. En seguida tuvo a punto su primer libro, “Ladrón de Fuego”, obra que a juicio de la crítica es la primera que rompe con la estética novísima y abre las puertas a la Postmodernidad. José Lupiáñez hizo gestiones para publicar su libro en Madrid y también en Cuenca en la colección “El toro de barro” que entonces dirigía Carlos de la Rica), pero al no cuajar éstas, se decide, en compañía de otro poeta, Narzeo Antino, a fundar la colección “Silene” de poesía. Una nueva tipografía para una nueva estética. Bellísimamente editado, “ladrón de fuego” aparece en 1975 y supone un auténtico deslumbramiento para el público y para la crítica. Eran los años en que la madrileña colección “Adonáis” cayó en picado y en su lugar “El Bardo”, en Barcelona, dirigida por Batlló, se había convertido en abanderada de la generación novísima.

Pero “ladrón de fuego” iba más allá de la poesía de preocupación humana y social representada por “Adonáis” y más allá del montaje novísimo con su culturalismo mal digerido y ostentoso. “Ladrón de fuego” era un libro íntimo, elegíaco, que ante todo aspiraba a crear belleza en estado puro. ¡Verdadera novedad entonces!

Antes he mencionado al poeta Antonio Enrique y su heterodoxo “Poema de la Alambra”. En aquellos años el autor redactaba su novela infinita “la armónica montaña” que tardaría aún más de una década en publicarse, y frecuentaba la encantadora biblioteca pública que existe en el paseo del Salón en Granada. A la salida de la misma se conocieron una tarde Antonio Enrique y José Lupiáñez e iniciaron una profunda amistad que no ha hecho sino crecer hasta nuestros días. Pronto surgen las reuniones de artistas y escritores en el café Suizo donde concurrían, además de los jóvenes poetas, el pintor Iván, el compositor Juan Alfonso García y el polígrafo Tomas Ramos Orea.

Después de poner en la calle varios títulos de la colección “Silene”, surgen algunas diferencias entre Narzeo Antino y José Lupiáñez, por lo que este último se aleja de aquel proyecto que permanecerá para lo sucesivo en manos de Antino y del también poeta José Gutiérrez. Pero José Lupiáñez no tarde en poner en marcha otra iniciativa: en 1978 funda en colaboración con Ángle Moyano y con Antonio Ubago, la colección “Ánade” de poesía, una de las más importantes del país durante sus casi veinte años de vida. Al poco tiempo, la colección pasó a convertirse en editorial con el nombre de “Ediciones Antonio Ubago”. Los jóvenes emprendedores que han acometido este hermoso proyecto comienzan a trabajar en la misma casa de José Lupiáñez, después se ubican en un modesto local de la calle “Zegrí Moreno” y finalmente en un alegre piso de la plaza “Garcilaso de la Vega”. Los poetas José Gutiérrez y Antonio Abad, que también estuvieron vinculados al principio de esta aventura editorial, se apearon pronto de la misma.

Al arrancar los años ochenta, José Lupiáñez, Ángel Moyano y Antonio Ubago conectan en Sevilla, durante el transcurso de unas oposiciones, con el poeta granadino Fernando de Villena que acababa entonces de publicar en Barcelona, en la editorial “Ámbito Literario” un libro de poesía en línea con los autores de los siglos de Oro precedido de un desafiante prólogo donde preconizaba “un Nuevo Manierismo”.

Fernando de Villena, que era ya buen amigo de Antonio Enrique, congenia en seguida con los promotores de “Ánade” y se integra, lleno de entusiasmo, en su pequeña odisea.

Antonio Enrique, José Lupiáñez y Fernando de Villena pronto se convierten en inseparables, se suceden los viajes y recitales compartidos en escenarios tan diversos como Almería, Sevilla, Marruecos, Málaga, Torrevieja, Santander, Castilla…, y los tres poetas crean la “Academia de Oriente”. Mucho tiempo después, la universidad mejicana de Veracruz publicará un trabajo antológico de ellos con ese mismo título. Pero no nos adelantemos. Estamos aún en el arranque de los ochenta y la “Academia de Oriente” se abre al grupo malagueño “Banda de mar”. Con Francisco Ruiz Noguera y con Antonio Abad preparan una innovadora antología. Antonio Abad se compromete a publicarla y se lleva el manuscrito, pero, al producirse su distanciamiento, el libro no llega a ver la luz.

Mientras tanto ha comenzado la dispersión. Antonio Enrique da clases en el País Vasco, después en Jerez y más tarde en Ronda. José Lupiáñez también va destinado a Jerez y Fernando de Villena comienza a dar clases en Sevilla, aunque en seguida se traslada a Ceuta.

La breve estancia de Villena en Sevilla le valdrá al grupo para conectar con los poetas hispalenses Andrés Mirón, José Antonio Moreno Jurado y Pedro Rodríguez Pacheco que no tardarán en publicar en “Ánade”.

Mientras tanto en Granada ha nacido otro grupo literario, “La nueva Sentimentalidad” que reúne al gran poeta Javier Egea, a Álvaro Salvador y a Luis García Montero. Este grupo se inclina hacia una poesía más de lo cotidiano basada en el magisterio de los poetas del 50 y en los presupuestos marxistas del profesor Juan Carlos Rodríguez.

En Sevilla también existe un grupo de poetas inclinados a una poesía en línea con los del 50. Se agrupan primero en torno a la colección “Calle del Aire” y más tarde en torno a la editorial “Renacimiento”. Son autores como Abelardo Linares, Fernando Ortiz y Francisco Bejarano.

 

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