EL GRUPO POÉTICO “ÁNADE”

por

José Antonio Palacios Guzmán

 

Pocos grupos poéticos existen o han existido en la literatura contemporánea tan cohesionados y firmes como el grupo “Ánade”. Los miembros del mismo, Enrique Morón, Juan J. León, Antonio Enrique, José Lupiáñez y Fernando de Villena, aunque pertenecientes a dos generaciones bien diferenciadas, la novísima y la de los ochenta, poseen muchos rasgos semejantes y han participado en numerosísimos actos y proyectos en común. Pero no nos equivoquemos: la primera característica de los componentes del grupo “Ánade” hay que buscarla en sus fuertes individualidades, en sus estilos peculiarísimos, no en vano todos ellos, cada uno en su medida, figuraron en su momento en ese vendaval reformador que se llamó Poesía de la Diferencia cuya primera premisa fue la independencia y originalidad de cada autor, o dicho de otra manera: la no clonicidad.

Los cinco poetas que conforman este grupo han publicado por lo general en las mismas colecciones (“Ánade”, “Zumaya”, “Genil, “Campo de Plata, “Batarro”, “ Port Royal”, “Los cuadernos de Sandúa”, “Ex –Libris”, “Troppo Mare”, “Palabras mayores” y “Crisálida”), han realizado libros en común (“Églogas de Tiena”), se han intercambiado dedicatorias al frente de sus obras o han sido incluidos en las mismas antologías.

Tres de ellos fundaron en su día “La Academia de Oriente” y los cinco pertenecen a la Academia granadina de Bellas Letras. Pero por encima de todo se encuentra la amistad. Antes he hablado de la cohesión del grupo. Estos cinco poetas se conocieron entre sí en los años setenta y su relación ha ido estrechándose conforme avanzaron las dos décadas siguientes. Desde hace más de un lustro mantienen la tertulia literaria más activa de toda Andalucía, una tertulia por la que han pasado centenares de escritores, desde Luis Alberto de Cuenca hasta Guillermo Carnero, desde Antonio Colinas hasta Mario Múchnik… Pero antes de la formación de la tertulia, los cinco poetas que a la sazón andaban desperdigados por diversos puntos de la geografía española impartiendo clases (pues –y ello es otro rasgo que los unifica –todos son profesores de literatura en institutos de enseñanza secundaria), siempre que tenía ocasión se reunían en Cádiar, en Tiena, en Almuñecar, en Cúllar-Vega o en Granada para intercambiar impresiones de lecturas o leerse sus inéditos.

Pero, hagamos un poco de Historia. El ambiente literario de la España de la Transición estaba marcado por la pluralidad. En poesía concretamente, los novísimos comenzaban a imponerse y con ellos un culturalismo que contrastaba con la poesía social y humanitaria tan propia de los últimos años de la Dictadura. De cualquier forma en momento era de total eclosión, de apertura generalizada, y ninguna tendencia excluía a las demás. Duele admitir que a finales de los setenta existió una España más libre y mucho más culta que la de hoy.

Aunque la producción editorial estaba centrada en Madrid y en Barcelona, la vida cultural en provincias poseía una intensidad muy fuerte. En Granada existió entonces una interrelación muy grande entre escritores de todas las generaciones y todas las tendencias, y los ejes principales de aquel florecimiento literario se hallaban en la vieja facultad de Filosofía y Letras ubicada a la sazón en el palacio de las columnas de la calle Puentezuelas, y en el programa radiofónico “Poesía 70” que dirigió Juan de Loxa y que supuso una apertura total a cuanto se realizaba en poesía durante esa época en España e Hispanoamérica. En algunos bares de la ciudad podía verse la fotografía de Pablo del Águila, el pionero de aquella pacífica revolución, el hondo poeta que muy joven, antes de que cayese la Dictadura, se había retirado de este mundo.

 

Del ambiente de inquietud intelectual que reinaba en la Facultad de Letras surgió la colección “Zumaya”, dirigida por el poeta Juan J. León, cuyo primer número publicado fue, con fecha de 1974, “El poema de la Alambra” de Antonio Enrique, un libro torrencial en su léxico y en sus metáforas, una obra rarísima que provocaría el estupor de sus contemporáneos.

Otro poeta muy joven, el gaditano de La Línea de la Concepción José Lupiáñez, después de haber vivido su primera adolescencia en Barcelona, recaló en Granada por esas mismas fechas. En seguida tuvo a punto su primer libro, “Ladrón de Fuego”, obra que a juicio de la crítica es la primera que rompe con la estética novísima y abre las puertas a la Postmodernidad. José Lupiáñez hizo gestiones para publicar su libro en Madrid y también en Cuenca en la colección “El toro de barro” que entonces dirigía Carlos de la Rica), pero al no cuajar éstas, se decide, en compañía de otro poeta, Narzeo Antino, a fundar la colección “Silene” de poesía. Una nueva tipografía para una nueva estética. Bellísimamente editado, “ladrón de fuego” aparece en 1975 y supone un auténtico deslumbramiento para el público y para la crítica. Eran los años en que la madrileña colección “Adonáis” cayó en picado y en su lugar “El Bardo”, en Barcelona, dirigida por Batlló, se había convertido en abanderada de la generación novísima.

Pero “ladrón de fuego” iba más allá de la poesía de preocupación humana y social representada por “Adonáis” y más allá del montaje novísimo con su culturalismo mal digerido y ostentoso. “Ladrón de fuego” era un libro íntimo, elegíaco, que ante todo aspiraba a crear belleza en estado puro. ¡Verdadera novedad entonces!

Antes he mencionado al poeta Antonio Enrique y su heterodoxo “Poema de la Alambra”. En aquellos años el autor redactaba su novela infinita “la armónica montaña” que tardaría aún más de una década en publicarse, y frecuentaba la encantadora biblioteca pública que existe en el paseo del Salón en Granada. A la salida de la misma se conocieron una tarde Antonio Enrique y José Lupiáñez e iniciaron una profunda amistad que no ha hecho sino crecer hasta nuestros días. Pronto surgen las reuniones de artistas y escritores en el café Suizo donde concurrían, además de los jóvenes poetas, el pintor Iván, el compositor Juan Alfonso García y el polígrafo Tomas Ramos Orea.

Después de poner en la calle varios títulos de la colección “Silene”, surgen algunas diferencias entre Narzeo Antino y José Lupiáñez, por lo que este último se aleja de aquel proyecto que permanecerá para lo sucesivo en manos de Antino y del también poeta José Gutiérrez. Pero José Lupiáñez no tarde en poner en marcha otra iniciativa: en 1978 funda en colaboración con Ángle Moyano y con Antonio Ubago, la colección “Ánade” de poesía, una de las más importantes del país durante sus casi veinte años de vida. Al poco tiempo, la colección pasó a convertirse en editorial con el nombre de “Ediciones Antonio Ubago”. Los jóvenes emprendedores que han acometido este hermoso proyecto comienzan a trabajar en la misma casa de José Lupiáñez, después se ubican en un modesto local de la calle “Zegrí Moreno” y finalmente en un alegre piso de la plaza “Garcilaso de la Vega”. Los poetas José Gutiérrez y Antonio Abad, que también estuvieron vinculados al principio de esta aventura editorial, se apearon pronto de la misma.

Al arrancar los años ochenta, José Lupiáñez, Ángel Moyano y Antonio Ubago conectan en Sevilla, durante el transcurso de unas oposiciones, con el poeta granadino Fernando de Villena que acababa entonces de publicar en Barcelona, en la editorial “Ámbito Literario” un libro de poesía en línea con los autores de los siglos de Oro precedido de un desafiante prólogo donde preconizaba “un Nuevo Manierismo”.

Fernando de Villena, que era ya buen amigo de Antonio Enrique, congenia en seguida con los promotores de “Ánade” y se integra, lleno de entusiasmo, en su pequeña odisea.

Antonio Enrique, José Lupiáñez y Fernando de Villena pronto se convierten en inseparables, se suceden los viajes y recitales compartidos en escenarios tan diversos como Almería, Sevilla, Marruecos, Málaga, Torrevieja, Santander, Castilla…, y los tres poetas crean la “Academia de Oriente”. Mucho tiempo después, la universidad mejicana de Veracruz publicará un trabajo antológico de ellos con ese mismo título. Pero no nos adelantemos. Estamos aún en el arranque de los ochenta y la “Academia de Oriente” se abre al grupo malagueño “Banda de mar”. Con Francisco Ruiz Noguera y con Antonio Abad preparan una innovadora antología. Antonio Abad se compromete a publicarla y se lleva el manuscrito, pero, al producirse su distanciamiento, el libro no llega a ver la luz.

Mientras tanto ha comenzado la dispersión. Antonio Enrique da clases en el País Vasco, después en Jerez y más tarde en Ronda. José Lupiáñez también va destinado a Jerez y Fernando de Villena comienza a dar clases en Sevilla, aunque en seguida se traslada a Ceuta.

La breve estancia de Villena en Sevilla le valdrá al grupo para conectar con los poetas hispalenses Andrés Mirón, José Antonio Moreno Jurado y Pedro Rodríguez Pacheco que no tardarán en publicar en “Ánade”.

Mientras tanto en Granada ha nacido otro grupo literario, “La nueva Sentimentalidad” que reúne al gran poeta Javier Egea, a Álvaro Salvador y a Luis García Montero. Este grupo se inclina hacia una poesía más de lo cotidiano basada en el magisterio de los poetas del 50 y en los presupuestos marxistas del profesor Juan Carlos Rodríguez.

En Sevilla también existe un grupo de poetas inclinados a una poesía en línea con los del 50. Se agrupan primero en torno a la colección “Calle del Aire” y más tarde en torno a la editorial “Renacimiento”. Son autores como Abelardo Linares, Fernando Ortiz y Francisco Bejarano.

Mientras tanto, en España el P.S.O.E. ha llegado al poder e intenta crear una cultura a su medida: pequeñoburguesa, realista, urbana y con una barniz de izquierdas. Por primera vez entra el dinero a raudales en la vida literaria española. El felipismo se encarga de administrar las subvenciones, los premios, las apariciones en televisión…, de una manera partidista e injusta. Y se produce una gran escisión en la literatura española contemporánea. Por una parte se encuentran los oficiales, los mimados por el régimen; por el otro, los marginados. Entre los primeros, están los autores de “La Nueva Sentimentalidad”, los de “Renacimiento”, algunos críticos literarios, o más exactamente apologistas, de la línea oficial como José Luis García Martín o Miguel García Posada, y algunos escritores madrileños como Luis Antonio de Villena o Andrés Trapiello. Todos ellos forman rápidamente una coalición con el nombre de poesía o literatura de la Experiencia y comienzan a recibir sus beneficios. Ejemplos de los mismos, por ceñirme al caso de Granada, son las revistas “Olvidos de Granada”, “La fábrica del Sur” y “Hélices” o la colección “Maillot amarillo”, todas costeadas con dinero público y herméticamente cerradas a quienes estaban fuera de la oficialidad. En el otro extremo, en el de la total marginación, quedaría el grupo “Ánade”.

Por estas fechas, dos poetas de la generación novísima en Granada, Juan J. León y Enrique Morón, se suman al proyecto “Ánade”. Juan J. León, al que habíamos conocido como director de la colección “Zumaya” en los años setenta, cultiva por una parte una poesía muy depurada con una fuerte inquietud social a veces, y por otra una línea extraordinaria de poesía satírica en la que no conoce rival. En cuanto a Enrique Morón, se trata de un poeta de estirpe clásica con variedad de registros pero caracterizado por su búsqueda en la naturaleza de la plenitud espiritual. Enrique Morón venía publicando en “El Bardo” y Juan J. León en las ediciones malagueñas de Ángel Camarena. Ambos poetas participaron activamente en la vida literaria de Granada durante los años finales de la Dictadura en bares de tradición bohemia como Bimbela o Éngix, y después su trabajo en la docencia los había conducido a un exilio variado y agotador. Juan J. León estuvo en La Carolina y en Antequera y Enrique Morón en el País Vasco y en Órgiva. La incorporación de los dos escritores reforzó y conformó definitivamente el grupo “Ánade”.

Los primeros enfrentamientos entre la poesía oficial y los autores de “Ánade” no tardan en producirse. Francisco Bejarano, en Jerez, ataca la poesía de Luis Rosales. Antonio Enrique le replica y estalla la polémica que no tarda en personalizarse cuando participan en la misma dos jóvenes seguidores de Abelardo Linares, Juan Bonilla y José Mateos, por parte de la poesía de la Experiencia, y José Lupiáñez y Fernando de Villena (que entonces está de profesor en Ubrique) por parte del grupo “Ánade”. Lupiáñez dirige por aquellos días “Azul”, el suplemento cultural del Diario del Guadalete, y Bonilla y Mateos están al frente de “Citas”, el del Diario de Jerez.

Por esta época los autores de “Ánade” se vinculan también con los del grupo almeriense “Batarro” y con Domingo F. Faílde, poeta independiente que dirige en Algeciras “La Isla”, el suplemento cultural del Diario de Algeciras.

A principios de los 90, con el respaldo de toda la crítica oficial y mimada por el ministerio y las consejerías de cultura de las principales comunidades autónomas de la nación, la literatura de la Experiencia comienza a ser hegemónica. Pero entonces surge la llamada “Poesía de la Diferencia”. Muchos de los autores que se han visto marginados a causa de las manipulaciones de los de la Experiencia, se reúnen, primero en Madrid, en el café “Libertad”, luego en Córdoba, en la posada del Potro y después en el Ateneo de Sevilla, para elevar una protesta contra la literatura oficial.

La poesía de la Diferencia no es una estética, sino una pluralidad de estéticas y por ello tenía muy difícil el combate frente a quienes contaban con el respaldo del poder político. Los críticos de la Experiencia replicaron en la prensa nacional defendiéndose mal que bien de aquella avalancha que se les venía encima. Más tarde, faltos de argumentos, prefirieron dar el silencio por respuesta. La “Diferencia” contaba sólo con algunos suplementos literarios de provincias, pero sus ataques eran de una contundencia tal que no admitían réplica posible. “Los Cuadernos del Sur” del Diario de Córdoba, dirigido por Antonio Rodríguez Jiménez, y “El Papel Literario” del Diario Málaga Costa del Sol, dirigido por Pedro José Vizoso, José García Pérez y Antonio Romero Márquez fueron las tribunas desde donde se expresaron los autores de la Diferencia, en tanto que los de la Experiencia contaban con los diarios nacionales (ABC, El Mundo, El País).

 

En la primera línea de toda esta desigual guerra literaria anduvieron siempre los poetas del grupo “Ánade”. Poco después, se celebran en Granada y Valencia actos y congresos llamados para consolidar la Poesía de la Diferencia, pero, curiosamente, en estos actos se incubó el germen de la disolución. No voy a entrar ahora en la búsqueda e culpables al respecto: considero natural que, dadas sus fuertes individualidades creadoras, cada uno de los escritores de la Diferencia regresase a su propio mundo después de haber manifestado enérgicamente su protesta.

En Granada, Antonio Enrique y el novelista Gregorio Morales habían creado “El Salón de Independientes” para exigir una mayor limpieza en el ámbito de la cultura española, bochornosamente dirigida por el felipismo. Surge una nueva y encarnizada polémica entre Gregorio Morales y uno de los escritores más prolíficos de la cultura oficial, Luis García Montero. El campo de batalla será ahora el periódico “Ideal” de Granada. Y en la lucha intervienen entre otros Álvaro Salvador, por la Experiencia, y Fernando de Villena a favor de la Diferencia y el Salón de Independientes.

A raíz de todos estos acontecimientos, muchos autores intenta incorporarse a la literatura de la Diferencia, pero algunos de ellos pretenden apropiársela en su propio beneficio. El movimiento empieza a hacer aguas, pero antes se publican varias antologías que recogen el espíritu del mismo: “Elogio de la Diferencia” (1997), de Antonio Rodríguez Jiménez, “…y del Sur” (1997) de José García Pérez y “De lo imposible a lo verdadero” (2000) de Antonio Garrido Moraga. En todas ellas están incluidos algunos miembros del grupo “Ánade”. Paralelamente, la poesía de la Experiencia ha realizado decenas de antologías en todas las editoriales prestigiosas del país, antologías de tendencia que se ofrecen como visión global de lo que se realiza en España.

Como antes indiqué, a partir de este momento, los popes de la literatura de la Experiencia prefieren evitar los encuentros frente a frente y ensayan una nueva estrategia: el silenciamiento absoluto de todos los marginales y el arrebatarles hasta el último vehículo posible de expresión que tengan.

Cuando el Partido Popular alcanza el poder en España sin ningún proyecto cultural sólido, se limita a mantener las cosas tal como las encontró, o sea a prorrogar los privilegios a quienes ya los gozaban.

Los críticos y poetas de la Experiencia han intentado crear escuela promocionando mediante antologías y publicaciones a todos los poetas jóvenes que aceptan sin discusión su magisterio. Pero también existen poetas independientes de las últimas generaciones y algunos de ellos fueron recogidos en la antología “La poesía que llega” que preparó Fernando de Villena. A nuestro juicio hay grandes poetas jóvenes ahora que tienen mucho que decir y que no deben heredar la guerra de sus mayores.

Cuando el movimiento de la Diferencia se vino abajo, los poetas del grupo “Ánade”, más cohesionado que nunca, volvieron a la quietud de su tertulia, a sus encuentros y a sus respectivas obras en marcha.

José Lupiáñez evolucionó desde la poesía elegíaca y acendrada de su primera etapa a otra marcada por el Modernismo y más recientemente cultiva una poesía descriptiva y simbólica que profundiza en las grandes interrogantes del hombre. Además de su vertiente poética, Lupiáñez ha cultivado con rigor y amenidad el ensayo literario.

Antonio Enrique, menos barroco que en sus inicios, sigue cultivando una poesía que se aproxima a la épica, una poesía visionaria a veces y de una espiritualidad heterodoxa. Ha cultivado también la novela y el ensayo con verdadera maestría. En este género, mucho dio que hablar su extraordinario “Canon heterodoxo”.

La poesía de Enrique Morón sigue también el mismo camino elegido en sus años de juventud: el camino de la autenticidad y la constante comunicación con la naturaleza, pero ahora, en sus versos, cada vez más aforísticos y profundos, late una gran preocupación por el hombre y su lugar en este mundo. Enrique Morón es también un notable dramaturgo y ha publicado un excelente libro de memorias.

En cuanto a Fernando de Villena, de su luminoso neomanierismo inicial pasó a una etapa de poesía más directa y vivencial y en sus últimas entregas, dedicadas al Mediterráneo, consigue una poesía reflexiva de una sencillez clásica. Es autor además de numerosas novelas y ensayos literarios.

Y hemos llegado al final. He aquí, muy por encima, la historia de uno de los grupos literarios más activos y originales de las últimas décadas, un grupo cuya importancia crece día a día como la ya abundante obra de sus componentes.