Granada: la irrealidad tangible.

Antonio Enrique

 

 

 

Hay un pasaje en El segundo hijo del mercader de sedas, la más granadina -a mi parecer- de las novelas del siglo XX, porque es una novela escrita desde y hacia adentro, nove­la de la memoria profunda recobrada, que resume el modo de ser más hondo de lo granadino universal. Seguramente muchos de sus lectores lo recuerden. Está la señora Meriam en el lecho de muerte. La señora Meriam es nieta de Abu Abdala, Muhamad XI, Boabdil, último sultán de la Alhambra, soberano último del reino de Granada. Con el nombre cristianizado de María de Granada Venegas es también abuela del arzobispo de Granada, a quien se le ha dado aviso para que le dispense la extremaunción. Cuando el prelado llega, precedido de los acólitos que no dejan de retiñir las campanillas, se hace un silencio reverencial en la dependencia donde agoniza la dama. El arzobispo su nieto la confiesa y luego la unge con el óleo santo. Después siente flaquear su ánimo y la toma de las manos en son de despedida. Es entonces cuando ceti Meriam se le queda mirando y pregunta: "¿puedo irme ya?" Asiente el nieto con los ojos arrasados. Y la señora que sonríe al nieto y suavemente sacude los labios entumidos, ya exánimes, para rumorear, como en un suspiro: la galib ily Allah. La galib ily Allah, sólo Dios es vencedor. Y volviéndose del costado izquierdo, el del corazón, expiró, entregó el ánima.

¿Qué hay detrás de una reacción así? La alta y vieja dama se ha confesado y comulgado con reverencia a la nueva fe asumida en el bautismo, ha cumplido con las prescripciones de una religión extraña, tal vez por respeto a su propia familia ya cristianizada. Pero no quiere, rechaza irse de este mundo sin recobrar con el último resuello la fe de sus mayores, la religión de su mundo más interior y genético. No hay arrogancia, no hay afán de vindicta en su gesto. Sólo plenitud con asumir en el último minuto el emblema que corre por sus venas y por todas las cenefas del palacio más asombroso de Occidente. Sólo naturalidad. Quiere ser ella misma unos segundos tan sólo, ya que no le han dejado serlo durante su vida entera.

Detrás de un gesto como éste lo que hay es una ciudad, a la que, como a tantas de entre las más bellas del mundo, apenas si se la dejó en paz y tranquila, con sus luces y con sus sombras. Una ciudad de destino, una ciudad de sangre. Una ciudad, patrimonio del Hombre, a la que no se la dejó ser ella misma.

De Granada, se nos dice que integra una unidad indiscernible de monumentalidad y paisaje. Ciudades prodigiosas existen que sin embargo rompen esta unidad y parecen asentadas, su monumentalidad, contra el paisaje. Granada no, Granada se asienta en su paisaje como una prolongación íntima y armoniosa, de manera que su monumentalidad acompaña más que impone, acostumbra más que sorprende. Y, sin embargo, cuando se la mira con calma, sintiéndola como entidad viviente, nos deja estupefactos, pero es —tengo para mí— por esa integración de monumentalidad y paisaje, por esa armonía íntima propicia al goce de los sentidos y a la elevación del sentimiento. Los granadinos, muchos de los mismos, viven ajenos a ello; será, tal vez, por la tensión que crea el prodigio permanente. Hay que vivir, se nos dice, y vivir no se puede en la tensión emocional incesante.

Uno de los espectáculos naturales más apabullantes consiste en contemplar de lejos el asentamiento de Granada, desde la Vega. Los primeros pobladores, si llegados desde el surco o desde los altos de sierra Elvira, debieron hacer un alto de estupor en el camino. Porque, si al atardecer, las nieves las tenían sobre la misma frente, y ante los ojos una sinrazón de tonos rosa nacarados por el aire; y si de mañana, esas mismas nieves perpetuas, sobre el llano silente, flameando una radiosa luz que fuerza a entornar los ojos. Entonces hay cumbres de estribaciones azules, y un plantel de colinas a la manera de un ubérrimo pubis hasta el que descienden, confluyendo, dos de los tres ríos de Granada. La visión es conmocionante por tanto espacio abierto, en ámbito tan imponente. La nieve se eleva grácil y sinuosa, se yergue lenta, suave y refinada en su cadencia hacia el Veleta; se eleva, diríamos, a compás de una música geológica majestuosa desde el comienzo del mundo. Arriba está un cielo único, no sólo por la refracción de la nieve, sino por la calidad que le presta en las alturas la absorción salina del mar próximo; son irisaciones añiles, ultravioletas, complejísimas de verse en otros sitios. Y abajo, esos valles frágiles, fértiles hondonadas donde la vegetación crece tintineante y exquisita, como resguardada la tierra de los vientos rigurosos. Un poeta, el máximo de la literatura española, debió verlo así cuando, en su estancia por estos lugares, dijera lo de las "mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura, / y yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó con su hermosura". La pasión, la tentación por lo absoluto, debe ser considerado como el primero de los rasgos recurrentes del ser granadino de todas las épocas.

En una de estas colinas, el ser humano infundió el alma a este paisaje. Fue en el instante más estelar de su devenir histórico. Pues sin la Alhambra esta ciudad no hubiese sido una ciudad de destino. Pero la Alhambra no fue un ensalmo, no fue un espejismo. Necesitó para su geometría cósmica el que­hacer científico de otros pueblos previamente asentados, singularmente el pueblo judío. La Alhambra, lo que nos inquieta de ella, es su irrealidad, pero lo que nos fascina es su exactitud. De manera que es, estamos hablando de una irrealidad tangible. Y ésta es la paradoja, el oxímoron en el que se fundamenta el ser más profundo granadino, su misma alma: lo que tiene ante sí es irreal a fuerza de fantástico, casi incorpóreo y levitante, pero, a su vez, es pura música de números acordados, pura exactitud plástica y cromática, un sueño tangible. Una ciudad así no tardaría en crear leyenda.

Y esta leyenda la vemos ya plasmada literariamente con ocasión de la razia que los ejércitos cristianos de don Juan II de Castilla forzó por estos lugares en 1454. Algo debió pasar, que no aclaran los cronistas. Rebasados Alcudete y Alcalá la Real, y Moclín, escudo último de Granada por esa parte, el cuerpo de ejército que mandaba don Alvaro de Luna se une al del propio monarca y confluyen ambos por la Vega, a través de los túneles que los zapadores practican en la espesura de castaños y moreras. Y atraviesan el Genil, y tan vistosa comitiva de arreos y estandartes, de palafrenes engualdrapados y tarjas y lanzas, se detiene. Se detiene en seco. Y plantan campo. Y vuelven grupas, sin que la caballería nazarita les hostigue. Algo había pasado, que nos desvela entre líneas el romance de Abenamar, escrito por un mudéjar en aquellas calendas, que venía en la propia hueste del rey castellano. "¿Qué castillos son aquellos? / ¡Altos son y relucían!". La magnificencia defensiva de las torres y baluartes, sí, pero también la belleza, la fuerza disuasoria de la belleza. La belleza que, lejos de ser una gratuidad abstracta, es un valor biológico de pervivencia colectiva.

El espacio. El espacio donde Granada se asienta abre perspectivas ilimitadas. Es importante el espacio, el espacio externo, porque configura y condiciona el interno. Y así la Alhambra probablemente sea el edificio en el mundo en donde el espacio más sabiamente se ha distribuido, según escalas de volúmenes y ritmos dimensionales que tienen mucho en común con las pautas musicales: todo es graduación y vibración, sometimiento cohesionado a los tres ejes de alzado, planta y amplitud conjugadas, más su reflejo multiplicante en las aguas: cuando la proporción es perfecta, es decir áurea, el tiempo se condensa, se esparce y se diluye. El delirio geométrico da en éxtasis apaciguador. Es cuanto venimos a sentir en espacios sacros como Comares o Los Leones. Los límites entre espacio y tiempo están rotos en los arcos con mocárabes o en las cúpulas de estalactitas. Ahora bien, en el entorno de Granada, lo grande se conjuga con lo pequeño, y lo inmenso cabe en lo nimio, y lo dinámico en lo inmóvil. Salgamos de nuevo al exterior, al paisaje que sustenta y encamina. Como poder, puede serlo a semejanza de este poema:

 

Lo que vimos / va no podrán quitárnoslo. / El sol retracta / contra las cumbres nevadas, / y las cumbres nevadas / contra la Alhambra. / Y la Alhambra / contra el aire rosa, / y el aire rosa contra el violeta. / Rosas y violetas ruedan, y suenan, / como caracolas por debajo. / Pero allí donde los álamos en la Vega, / un simple regato de acequia. / La Sierra y la Alhambra, / el cielo y el árbol. / Quietos sobre el agua pequeña, / sobre el agua flamígera,/ del remanso inmóvil. / Abajo lo de arriba. / Granada mirándose. / Nosotros mirándonos en ella.

 

Es decir, abajo lo de arriba. La Alhambra y la sierra detenidas en una charca entre los chopos de la Vega. Es la misma estampa refractada y en negativo inverso de la torre de Comares en el estanque de los Arrayanes. La inversión, la heterodoxia, la insurgencia es otro de los notorios rasgos del ser granadino, asentados en la geometría de su monumentalidad y paisaje, los cuales configuran su memoria biológica en cuanto ciudad de destino.

Este destino, de una ciudad como Granada, podemos verlo, y hasta palparlo, en aquellas ocasiones en donde la trayectoria histórica se quiebra. Y parece que da la vuelta, como el aire cuando la tempestad se presagia. Esta tempestad suele serlo de sangre, o cuanto menos de sufrimiento insoportable colectivo. Fueron las hecatombes de los sucesivos pogroms, primero el de 1066, muerto nuestro primer poeta universal Samuel Ibn Negrela, y la mortandad masiva de las consiguientes fitnas que, a partir de la irrupción de los almorávides o almirabitum, derivaron en el cataclismo de 1492. Quiebra que al pronto no se sintió, pero cuyos síntomas no se dejaron esperar. De manera que si —como acabamos de ver— la aristocrática dama ceti Meriem, casi seis generaciones después, vuelve la espalda en su lecho de agonía a lo que su propio nieto representa, y no hay venganza en el gesto, sino cansancio de las ideas de los nuevos conquistadores, y ella misma ya no se llama Nazar (Nasr), sino Granada y Venegas, es por estas ocasiones donde parece haberse eclipsado toda buena fortuna. El alegato de Núñez Muley ante Felipe II contra las nuevas pragmáticas hacia los moriscos nos desvela hasta qué punto el Poder –sea del signo que fuere- es enemigo natural del hombre; se prohíbe hasta respirar: los libros y la lengua, las vestimentas, los ritos en bodas, velatorios y sepelios, los baños, los afeites de alheña, los nombres y a Dios mismo, el de sus antepasados. ¿Qué les quedaba? ¿Qué nos quedaba? Los talleres fueron silenciando uno tras otro, los bosques talados porque la seda dejó de elaborarse, y los campos volvieron a ser pegujales porque estos nuevos amos ni sabían trabajar ni querían, obsesionados por el prejuicio de castas, que ahora entra en juego. La pobreza en Granada, cuyo solar constituyó de antiguo un emporio en metales y cultivos de todo género, al punto que los navegantes helénicos lo identificaran con los Campos Elíseos, comienza a incubarse ahora. Corriendo los siglos, fuimos los últimos de entre las provincias de España.

Pero mientras tanto la fama de Granada crecía y crecía, y con ella su leyenda de paraíso viviente. ¿Cómo veían Granada aquellos cortesanos palatinos que acompañaron al Emperador a sus cumplidas nupcias con su prima hermana doña Isa­bel de Portugal, aquel mes de junio de 1526? Lo que nos han dejado aquellos prohombres —embajadores y nuncios de las más lejanas repúblicas— ante Carlos V es la consecuencia de una fascinación. Podemos imaginar Granada medio vacía de sus gentes de más rumbo, medio deshabitada en sus casas de más lustre y abolengo; sus palacios abandonados y desiertos sus jardines. Así que llegamos a una ciudad donde un frío extraño, una desolación sombría late en la soledad de las salas y patios que acaban de dejar los nobles y poderosos propietarios de aquella dinastía nazarita. Es la fascinación ante la melancolía cuando aún los ecos del gozo no se han extinguido; la rendida fascinación ante lo frágil, exótico e indefenso: ante los paraísos dormidos (los suavísimos desiertos), los palacios y jardines donde ya no corrían las gacelas, y las fuentes se habían apagado para siempre. Una belleza deshabitada. El prestigio de los vencidos. Y está, esa fascinación, junto con el júbilo de lo sensual, en Andrea Navaggero, y en la prosa epistolar de Boscán, y en Garcilaso que, aunque se retrasa, llega a Granada, en ese paraíso nada austero, sino dorado como un fruto por la tibieza de un sol distinto, referido al final de su primera Égloga.

Los que vinieron no la entendieron, y cuantos se asentaron, llegados de las zonas más pobres de Extremadura y León, tampoco, y siguen -nos tememos- sin entenderla. No puede entenderse una ciudad cuando calla y otorga, cuando se resig­na y asiente a todo desafuero contra su identidad cultural y estética más profunda, ni cuando se atenta contra su patrimonio mediante la erección de torpes y arrogantes edificios en nombre de una modernidad que nació ya vetusta. No puede entenderse una ciudad cuando aclama como santa a la reina que firmó edictos de expulsión y propició bautizos en masa, en lugar de respetar su memoria de reina de Castilla, que es lo que corresponde a la piedad de los vencidos. Y no se entiende a una ciudad que destierra, suicida o mata a sus poetas, si por el contrario no exalta las artes como forma esencial de vida. No se entiende Granada si no se respeta su dignidad histórica, y su paz, y su silencio. No son granadinos los que no lo hacen, por más que lo digan y se proclamen. Granada la gozan, pero no la entienden. ¿Puede ser ello posible?

¿Cuál es el ser literario de Granada? La irrealidad tangible decíamos; la insurgencia, la propensión al absoluto son otros rasgos de la mentalidad granadina; asociados a ellos vendrían la gracia sensitiva, el amor por lo frágil y fugitivo, la captación de lo pequeño y minucioso, el gusto por la hipérbole, las jun­tas de colores que no molesten ni chirríen, la devoción por el agua, la cortesía y delicadeza en el trato, el arte de la elusión. Paradójicamente, el granadino, aunque de primera generación y descendiente de ancestros foráneos, tiende a impregnarse de este tono vital, que le conduce a una melancolía cierta. El granadino de veras parece soportar una carga de decepción sobre los hombros, y habla poco, lo cabal, si bien con los extraños se prodigue, y está como ausente así le mientan palabras como luz, agua o nieve. El granadino no está en paz si no ve cipreses y palmeras, y si no huele el arrayán. El granadino gusta de pa­rarse al mediodía y sentir el sol en las pestañas y en las manos, para luego ser acometido de un gozo profundo a la hora del crepúsculo. El granadino es un senador de las horas del día. Y es inevitablemente nostálgico de un pasado que siente incierto, pero punzante en la memoria de la historia, cuando no fatalista por ese mismo instinto de declinación y abandono. Será por ello, por esta misma metafísica del dolor que lleva subsumida, que concibe la belleza como irrealidad tangible:

irreal porque no puede aprehenderse en su concepto, pero tangible porque la tiene delante, junto a sí, con solo elevar los ojos. Es la Alhambra, nuevamente; la Alhambra, acogida bajo el perfil, simétrico a sus volúmenes, de la Sierra al fondo: lo rojo, lo verde y lo blanco. La Alhambra no sólo nos constituye mentalmente, sino que -diríamos, permitidme- nos condecora el corazón. Nos lo adorna, cuando no nos lo quiebra.

La literatura de la irrealidad tangible es infinita en sus proporciones y laberíntica en su estructura. Se rige por otro tiempo y por espacio distinto. El primer síntoma del despertar de la literatura granadina propiamente genuina, tras la hibernación del siglo XVIII, lo fue propiciado por un extranjero, Los cuentos de la chambra ¿Por qué es tan importante esta obra? Porque liga con el inconsciente colectivo de las personas aquí asentadas. En esos cuentos y viejas consejas, que se transmitían de padres a hijos, y escuchó el escritor Irving, se condensan la flora de los sueños y la iconografía de sus ensueños, desde los tesoros ocultos a los duendes sobrenaturales, los hechizos y las transmutaciones, y el amor que no duele, y los jardines al claro de luna y los torreones sombríos, donde retumban las campanadas de la Vela. A su vez estos cuentos ligan, en su dimensión modesta y en buena parte desacralizada, con el libro infinito y laberíntico por excelencia de entre toda la literatura universal. Las mil y una noches. Tal vez la novela granadina perfecta hubiera sido Las mil y una noches, de la que es tradición se escribiera una parte en la Alhambra, o al menos el palacio es referido en sus últimas páginas; una novela, en fin, que se le pareciese, si no en su temática, sí en la estructura y proporción, sí en su atmósfera delicuescente y prodigiosa, sí en su tiempo y espacio. Una novela infinita y laberíntica. Es lo que, modestamente a años-luz, intenté con La armónica montaña, que escribí por impregnación de esa irrealidad tangible, que me resonaba en lo más profundo del subconsciente, una novela infinita y laberíntica con superposición de tiempos y espacios, y por eso pretendí que los mitos ocupasen el lugar de la memoria, pues los acontecimientos, cuando se olvidan, reaparecen luego en forma de cristalizaciones obsesionantes, escenas recurrentes donde la lógica deja paso a otra realidad de los sentidos. Unos mitos, pues, que suministran personajes y hechos cercanos a lo fabuloso. Unos mitos que son —me parecía, allá por 1972, cuando la comencé— la única manera de sujetar y limitar el tiempo de ese "mar de las historias", modo de narrar que prevaleció durante los mil años del medievo, y que entre nosotros, que no tuvimos Edad Media cristiana, se significa en el modelo de Las mil y una noches,número, mil y una, que corresponde a los mitos de Isis en su dimensión más secreta.

Un libro laberíntico e infinito, una novela cifrada, es lo que me parecía más coherente con el modo de ser más intrínsecamente granadino, un libro en buena parte enigmático como lo era, y es, el espiritu de esta ciudad, a la que Oriente otorgó su impronta más perdurable. Es, tal vez, que yo alcancé a vivir una Granada cuyo silencio ancestral aún la modernidad no había aniquilado. Granada, tras la guerra Civil, había quedado como enajenada de sí, temerosa, terriblemente signada por la ofuscación de las delaciones, pero sobre todo por el estigma de la muerte del Poeta. Sabíamos los granadinos que no pode­mos hablar alto porque nos pesa esta mala conciencia, pese a no haber intervenido en la desgracia ningún granadino de ascendencia; la responsabilidad mayor no fue de ningún granadino, pero se perpetró aquí, entre nosotros. Y no es que se llamara como se llamaba, ni que su obra sea universal, ni que nunca hubiera hecho nada en contra de nadie, es que se sometía a la disolución sacrificial la propia Palabra del mismo ser de la Granada de siempre. Aquí Granada, ciudad de destino, dio un quiebro a su historia. Lo había dado poco antes aun, cuando en 1898 el Desterrado quiso integrarse en la Granada leja­na con lo que más se le parecía de cuanto veía en aquella ciudad ajena del báltico norte: el agua, el agua oscura, la madre, el vientre de la madre, que a su vez representa esa Granada de sus orígenes, ese otro vientre desnudo y pagano, la Granada que acogió sus sueños y le hizo hombre. Un hombre de inteligencia tan penetrante y proverbial que pudo con él mismo, y lo engulló con la enfermedad de los granadinos leales a los que no les dejan volver: la melancolía aciaga, la depresión obsesiva, el suicidio.

Pero de aquella Granada cruenta no supe sino hasta mucho después. Aquélla, la de mi infancia, era una ciudad muy pequeña, que se establecía en torno a Bib-Rambla y hasta el Triunfo por un lado y la Bomba por el otro, y que, de verdad de verdad, comenzaba en plaza Nueva, tirando hacia arriba por Gomérez, y hacia delante siguiendo el río a contramano. Una ciudad de mucha tienda, de textiles, joyerías y ultramarinos, y talabarterías y fonduchos, y placetas de pronto con fuen­tes siempre y pilarones, e iglesias inesperadas que se hacían espantables con el caer de las sombras. La gente no hablaba de sí, pero parecía conocerse al saludarse con sus nombres. Había que yo recuerde dos aficiones que se han perdido, las dos más bien a la caída de la tarde: una era salir al balcón y ver pasar a la gente. Aunque parezca una tontería es cosa muy placentera: ver pasar a la gente a esa hora en que nada hay que hacer, adivinar sus rostros y por su expresión las preocupaciones, medir por sus pasos si alguien les espera, deducir por como vayan vestidos si tuvieron un buen día o no. La otra ocupación era de los del Albaicín. Ver la puesta. Ver la puesta desde San Nicolás o los Carvajales, desde el Aceituno, la Rauda o San Miguel. Sacaban sus sillas con el buen tiempo y se estaban mirando aquello del sol, como si no existiese otra cosa en el mundo.

Pero estaba, también, Bib-Rambla. Bib-Rambla fue mi despertar a la vida. Toda la ciudad confluía allí, pero no la Granada de la época, sino la de todas las épocas. Pues ¿cómo interpretar un Arco de las Orejas —nombre de una de sus calles de embocadura— inexistente? Granada era esto, una ciudad donde los fantasmas del pasado mágico te asaltaban en forma de puertas espectrales árabes, visibles como la del Corral del Carbón, o invisibles como ésta de las Orejas. El aire entonces que se interponía entre aquello y tú venía a ser tiempo condensado, pues, al mirar, era como si traspasásemos la historia. Bib-Rambla así, a cuyos pocos metros yo había nacido en un caserón de la calle Hileras haciendo esquina con Alhóndiga, no era otra cosa que un zoco medieval donde los vendedores ambulantes se habían disfrazado de siglo XX, un siglo ya mediado en el que la gente aún usaba sombrero y se arropaba en gabanes desabridos, pesados y grises, con solapas enormes y botones descomunales; a veces, sobre la manga, llevaban un brazalete de luto. La vida era "en voz baja", como cuando ha ocurrido algo muy grande en una casa y hay que moverse con cautela para no atraer las sombras del maleficio. Allí en Bib-Rambla sonaban los pregones callejeros de las medías de cristal, los recién inventados bolígrafos y las estilográficas traídas de Ceuta, los relojes de Tánger y las pulseras chapadas, que al mostrarlas a los curiosos el vendedor, el cual todo lo sacaba con mucho papel de Manila de una maleta abierta sobre el suelo, brillaba –la pulsera- con el mismo destello fúnebre de sus dientes de oro. Cuántas evocaciones entonces de la gente. De los pueblos cercanos llegaban hombres sombríos de manos anchas y tez de cuero antiguo; se les notaba el hambre por la forma en que lo miraban todo, viendo pero sin encontrar. Bib-Rambla era un caleidoscopio, donde las estaciones se sucedían en el aroma de los puestos de las floristas —entonces en una sola hilera—, los nardos en septiembre, los crisantemos en noviembre, los lirios en abril, las rosas hasta octubre, y claveles en todo el año. En junio, sin embargo, los tilos se olían hasta el puente de San Basilio, ese puente romano sobre el Genil de cuya calzada sobresalía un listón de piedra, casi imperceptible, pero que te hacía brincar, y entonces, si llegabas desde fuera, se podía decir, pero no antes: "ya estamos en Graná". Y era en junio cuando instalaban en la plaza el tablado de marionetas, unos guiñoles antiquísimos, con verdín sobre el cartón, y con el Corpus se inflamaba el aire con el olor de los copos de algodón rosa o blanco azucarados, y el más espeso de las fritangas de buñuelos y tejeringos; aquellos ingenuos retablos de marionetas hacían de la vida una farsa caprichosa, y aquellos castillos lúgubres del decorado nos hacían soñar luego en las casas. Con todo, los tilos aquellos, cuando yo era niño, acogían aún bajo su sombra las acémilas que portaban las garrafas de agua. Esta se vertía como un tesoro en el vaso grueso recién fregoteado, y el que la bebía primero era calmar el sofoco, y luego, sirviéndose un poquito más, mirarla, el agua, al trasluz del sol, e ingerirla despacio, encogiendo un párpado por mejor concentrarse, pues ahora era cosa de solo gustar. Sólo el mirar tanto la nieve explica el amor al agua de los granadinos. Miramos tanto la nieve que es por los ojos que nos entra el agua. Quisiéramos estar allí en la Sierra, fundirnos con la nieve, undosa y eternamente blanca, y como esto no puede ser, la suplimos con el agua, el agua que mana desde allí, que es lo que más se le parece, como que es ella misma.

Porque el agua, ya digo, estaba en todas partes. En Bib-Rambla, en aquella fuente con todo un dios arriba en lo alto; mirar la fuente, sus quimeras y gigantones, era como una invitación a viajar por el mar de Hornero. Con su tridente el dios, y su corte de atlantes, parecía aquello emerger de las aguas fabulosas. Y era así todo, casi una fantasía. Una plaza con te­cho de catedral al fondo, y unas bocas sombrías por donde, como en una inmersión a los abismos, se descendía a las letrinas, unos angostos urinarios con el recio olor de las ureas de entonces.

Las casas aún tenían aljibes. Y en la casa donde nací, habían encontrado en él antiguamente una vasija con monedas arábigas. ¿Cómo podían ser los sueños en una casa así, cuando, recién puesto el sol, se levantaba una pesantez en el aire, que más parecía estantiguas de moros, según tenía yo oído? La campana de la Vela daba la medianoche, hora de difuntos, y nadie se movía. Me habían dicho que un caballo descabezado bajaba por el Zacatín con su cortejo de perros amenazantes, desde la torre tapiada por donde saliera, por última vez, Boabdil. Yo me quedaba dormido escuchando el repiquetear de las pi­sadas de los rezagados, seguido del brusco portazo cuando llegaban al portal de sus casas.

Y estaban los tranvías, con aquellas admoniciones en le­treros de cerámica: "reservado para caballeros mutilados”. Y como una prolongación de aquellas tisis de la guerra, el terrorífico: "no escupir". Se estaba bien adentro, entre tanta gente tan diversa. Olía a percal, así llegaba junio, cuando las muchachas un poco bravías, que iban o venían del trabajo, mostraban aquellos vestidos "estampados", y olía a armario cuando, para la Virgen, se sacaban aquellos abrigones que tanto abultaban en los asientos tan derechos y corridos. Los tranvías tintineaban y ronroneaban; ronroneaban al cambio de marcha, que manipulaba el conductor sirviéndose de una biela, la cual giraba espasmódicamente, con premura de último momento, y tintineaban nunca se sabía bien por qué, pero tales tintineos casaban a maravilla, por lo alegres, con el amarillo limón con que los tranvías iban pintados. El revisor luego fabricaba el arcoiris, o al menos así se me figuraba, cuando abría su caja estrecha de plomo yaparecían lostiques de todos los colores.

Que Granada carezca de una novela representativa, como tantas otras capitales de provincia disponen, puede ser debido a esta presión de lo que venimos llamando "irrealidad tangi­ble". ¿Cómo se articula, sino con mitos, mitos que a su vez son abstracciones de su leyenda? Así pues, si Granada no tiene una novela definitiva, será porque en ella rigen condiciones ambientales que la hacen diferente. Una ciudad frágil y misteriosa, sensitiva hasta el refinamiento, una ciudad donde todo, hasta el dolor, es sutil, ¿cómo puede enhebrarse en el casticismo literario español, tan rudo, tan severo, tan árido? Porque Granada es una ciudad esencialmente literaria, por eso no puede entenderse sin la transfiguración de sus ensueños colectivos. ¿Qué tienen en común Lorca y Ganivet? Nada, y sin embargo son igualmente granadinos; granadinos en sus presentimientos, en sus ensoñaciones, en su fatalismo. Uno, por vía sensitiva de asociaciones visionarias, y otro, por un proceso mental de depuración de los sentidos, acertaron a desvelar el modo íntegro granadino: seco, distante por fuera, y ardiente y recóndito por dentro.

Es el momento, para ya terminar, de mirar de nuevo a la Alhambra. Bien vista, parece no tener tiempo, haber estado ahí desde siempre. Bien mirada, que ni siquiera la levantaron nuestros antepasados moros. La Alhambra parece cosa de los "ángeles rebeldes", caída sobre el mundo antes del sexto día de la Creación. Por eso su belleza remota, inexplicable, tiene para muchos de nosotros algo de prohibido, como si la belleza que fascina y narcotiza excediera todo lo humano. Alguna vez nos ha pasado que creemos reconocerla en nuestro interior, asimilada —diríamos— al torrente de la sangre, y esas filigranas nos recuerdan demasiado las hojas de una floresta paradisíaca, y sus columnas los propios árboles de aquel paraí­so terrenal, entrevisto en la memoria. Y esa luz, que se levanta desde el agua arremansada o corriente, y el aire afina, no dejará tampoco de extrañarnos, pues es una luz nueva, intacta, como la que nos resuena de haberla soñado, una luz de antes del hombre, como cuando galopaban por el mundo los unicornios, tan blancos en lo verde. De manera que la luna, luego, se refracta en los mármoles, y todo parece azul entre las columnas y sobre las fuentes, las losas y los alabastros, un azul tan cristalino que las hadas y efrites se diría es fácil verlos, a su través.

No puede escribir en Granada quien no entienda la Alhambra. La Alhambra equivale a decir sin tiempo. ¿Y cómo escribir burlando el tiempo, si tiempo es precisamente lo que somos y sentimos? ¿Puede "enmascararse" el tiempo, extraérsele sus mil caras? ¿Y cómo plasmar el espacio en su movimiento si todo aquí parece incorpóreo, a punto de esfumarse, como si de pronto girásemos un espejo puesto al sol? Hay que aprender de la Alhambra, si se pretende escribir en granadino. Saber que lo irreal es siempre exacto, y lo tangible meramente ilusorio. Saber que esa Granada perdida sigue estando en nosotros, desde el blanco de los ojos a la cal de los huesos. Que aquí no estuvimos nunca, si previamente no hemos regresado. Que por alguna razón hemos nacido en esta ciudad sin límites; sin límites entre la memoria y el sueño, la imagen y el objeto, el olor y su sombra. Y admitir por fin que nuestras diferencias no lo son tanto, pues sólo existen para sentirnos vivos en este país y reino, donde lo que no es de este mundo coexiste, convive y se sobrepone a lo que vemos y tocamos.

 

De la rev. El fingidor, número 21. Enero-abril 2004.