La blanca emoción intenta fusionar el estilo, de ambiciosa cobertura y dilatado aliento formal, con la comunicación exacta, sensitiva y amable, necesaria para que su concepción de la vida sea útil a ¡a sociedad y su tiempo, sin menoscabo de la original belleza expresiva; pretensión dificultosísima, toda vez que el mensaje pasa a través de la forma, que exige tanto de la destreza estética como del conocimiento del hombre y que, por proporcionar a los clásicos su vigencia, se convierte para el escritor de nuestros días en auténtica aventura, en reto sin el cual la obra no será perdurable. La poesía tenderá así a ser sabia, refinada y luminosa, pero también verdadera. La blanca emoción es un canto místico a la Unidad, un himno donde se evidencia la plenitud del gozo de estar vivos; su punto de origen podría situarse en la tradición quietista del siglo XVII. Obra a contracorriente, donde se dibuja un dios de atributos cósmicos, su autor la consideró problemática, al punto de que, si jamás dudó en escribirla, sí en cambio, hasta última hora, lo hizo para publicarla. Esta La blanca emoción es, pues, un libro de ruptura consigo mismo y con su tiempo; quizá demasiado íntima, y en ocasiones ofuscante, podría tal vez integrarse en la nueva (y vieja) mística española.

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