Las relaciones humanas, siempre complejas, encuentran, en La espada de Miramamolín, cauce a los sentimientos más contradictorios, extremos, violentos o abnegados. En el centro de la trama, un hijo natural de Felipe IV se entiende a maravilla con una enigmática muchacha morisca conocida como la hija del querubín, pese a todas las diferencias sociales, culturales, de carácter y de edad. Y en el exterior del círculo afectivo que ambos integran, personajes como Madre Paciencia, que había resucitado de la tumba, o don Mercuriano, el párroco afectado por el morbo lupa, diluyen sus pasiones hacia un mar de tempestades. Una sociedad convulsa, moriscos de última hora, sirve de trasfondo al suceso inquietante de un episodio nunca resuelto: las verídicas voces en el campo, sin que ninguna garganta humana las profiera; voces espantables, gemidos desolados atribuidos a las ánimas del Purgatorio, pero en verdad ardid de los temerosos de una nueva Expulsión, conjurados contra la mala fe de los que mandan y gobiernan.
Es, La espada de Miramamolín, ante todo una historia de emociones. Emoción la que implica que la regalase Carlos II el Hechizado a su hermanastro Carlos Fernando de Austria, el protagonista, a la marcha de éste a tierras lejanas. Y emoción la que esta espada, juguete de generaciones de príncipes e infantes, conlleva cuando, al término de una historia de amor inesperado, pero también de olvidos y desdenes, vaya a parar a las manos del caballero don Carlos, en su agonía lejos del Alcázar, en tierras extrañas.


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