En la cripta de un hospital sevillano, concurren, ya difuntos, un obispo y un inquisidor asesinado, los cuales se increpan por causa de un caballero que escapó a sus conjuras. Éste les había disputado la consecución de cantidades de oro, en tierras del Perú. Pero, una vez en su posesión, el caballero descubrirá la belleza intrínseca del oro, su valor de talismán, su simbolismo divino, por lo que irá deslizándose hacia una conducta anómala. Así descubrirá que el oro, porque es igual a tiempo, es igual a alma. Y, junto con ello, que no son los cuerpos los que aman, sino algo que hay en los cuerpos, una sustancia luminosa que va por la sangre. Esta luz conoce la luz, si están en la misma jerarquía. Nos amamos por la atracción de esta luz astral que navega en la sangre. El amor no es más que el encuentro en un espejo de dos sangres que se refractan. El caballero indiano perderá a su amor, y lo identificará -la luz de la sangre de su amada- al Oro, en virtud del éter que ambas materias comparten. Su final será cubrirse de oro, como sustituto de la luz de la sangre de la amada que ha perdido. De esta manera, lo encontrarán muerto en la desolación de su casa de Sevilla, cubierto de oro. Y concurren todos luego en la cripta, en sajurdón donde se arreglan cuentas. Allí el inquisidor sabrá quién le quitó la vida. Allí los amantes, ya desencarnados, se aman. Allí el obispo reflexiona. Alegoría en torno al oro, donde se ofrece una original tesis sobre la no-ganancia, acorde a los tiempos que vivimos. Novela de precisión, su ámbito recuerda al juego del billar, donde los personajes, que habían formado ecuaciones de comportamiento entre sí, van fatalmente sucumbiendo, uno tras otro, en la fatal trampa.

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