Concebido en forma alegórica, este largo poema unitario que lleva por titulo Órphica, en remembranza del inmortal mito que le otorga nombre, es y describe la búsqueda del ser amado a través de la vida (primera parte: la señal de la vid) y más allá de la muerte (segunda parte: las columnas del cielo). Por cuanto es esta búsqueda del ser amado, tan sólo intuido -vislumbrado con tan sólo un estigma: la marca de la vid en la frente-, lo que constituye el eje argumental de este relato en verso, de innegable estirpe pitagórico-dantesca; búsqueda que se desarrolla entre la pasión y la desesperanza, la ansiedad y el delirio, el funesto sufrimiento y la torrencial amargura hasta que al fin -emblema doctrinal de la caída que supone el encarnamiento-, el protagonista queda convertido, apenas entrevista la amada figura, en can mefistofélico: búsqueda que se extiende tras la muerte y no acaba sino tras la platónica fusión de los amantes, unión que no reporta empero el gozo absoluto, antes bien la Felicidad desierta, el Vacío contemplado, según en la obra se lee, en lo que quiere simbolizarse el patético y glorioso devenir del alma humana, apresada hasta su consumación en la contingencia, panta rei presocrático, ubi sunt medieval, preocupación metafísica del tiempo, origen acaso de la mejor tradición de la poesía de Occidente.


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