Antonio Enrique, alumbrado en Granada -solar y saturniano-, busca en este poema el consorcio inicial de verso y prosa, cifrándolo cabalmente en los terrenos de la epopeya. Fruto de esta inquietud por los orígenes es su exaltación de los mitos áuricos. Todo un calidoscopio de signos edénicos y cabalísticas claves acompañan al poeta en su recorrido estelar que conduce a la perenne unción y fecundo soseimiento. Obra esta vegetal y pictórica, donde sin embargo late la angustia de una entrega no justificada: la obsesión magnífica de no hacer canto sobre el gran monumento, sino ser ella misma, la Alhambra en letras. El lenguaje se convierte así en deslumbradora sucesión especular a la exégesis perseguida de un místico retorno donde la palabra no aluda sino que encarne. En tanto esta invocación yerbal-litúrgica nos traspase e invierta, la metáfora será el símbolo de la deidad perdida, su llamada y sentencia incógnita. La Soledad queda así sustituida por la Espera afectiva y radiante. Esta es la causa de que tras su lectura y vida se hunde en la impresión de que la humanidad queda fuera de ley, emplazada por la persistencia de su exilio al Paraíso. La realidad se nos hace cada vez más inverosímil. Con el Poema de la Alhambra, el autor se sumerge en el fantaseísmo, tesis existencia y genérica, que actualmente lleva a conclusiones sorprendentes en la elaboración de la Armónica Montaña, donde se replantean las bases de una posible novela infinita.


Impresión artística del Patio de los Leones en la Alhambra.

 

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