POÉTICA (2009)

 

Un poeta es quien interpreta en la Naturaleza los signos del porvenir. Si la mayor aspiración del novelista consiste en hacer hablar a los muertos, la del poeta es integrar el cosmos en la dimensión humana. El poeta lee en la Naturaleza y nos lo trasmite en tanto que nosotros, los seres humanos, formamos parte integral de ella. La poesía es, por esto mismo, la más alta expresión del lenguaje, que a su vez lo es del pensamiento. De esta forma, la poesía (de poiéo, yo hago) alcanza su razón última de ser en la profecía (de phemí, yo digo).
   La poesía de todos los tiempos y culturas se plantea una sola, implícita cuestión: el sentido de la vida, de la vida de cada cual a su paso por el mundo. ¿Qué significado tiene la inconsistencia humana frente a la magnitud celeste, la inmensidad y eternidad del cosmos que habitamos? Sólo en parte la poesía puede ofrecer claves de entendimiento al gran enigma. No lo hace, la poesía, desde lo explícitamente metafísico, territorio que corresponde al ámbito de las creencias. Lo hace desde el más misterioso de los instintos humanos: su instinto estético. Y lo hace partiendo de la conciencia de la armonía, concepto supremo del entendimiento humano. El poeta no expresa, sino que revela. El poeta no imita, sino que recrea. Recrear el mundo significa regenerarlo. Su función, desde lo estético, es rigurosamente ética. Consiste en hacernos sentir el gozo de estar vivos. Sólo el instinto estético es capaz de rescatar la inocencia, recobrar en nosotros la más íntima alegría. No hay placer mayor que el de la creación poética, porque de todas las artes, la poética es la más humanamente abarcadora. Crear nos hace, por esto mismo, más solidarios y comprensivos para con el sufrimiento propio y ajeno. 
   El poeta, en el siglo XXI, ha de ser una mentalidad trascendida. Trascenderse implica romper los límites impuestos a nuestra conciencia por todas aquellas presiones que conspiran –en el orden social y religioso- contra la libertad original de toda persona, incluido su derecho a la felicidad. La poesía es, y debe seguir siendo, un reducto contra todos los abusos de poder que contaminan, lesionan u ofenden la sensibilidad estética, tanto individual como colectivamente. Y consiste también, trascenderse, en la certera intuición de que la realidad es, precisamente, aquello que no puede verse. Pero el poeta sólo dispone de un arma, que lo hace inmensamente peligroso a cualquier orden jerárquica establecida: es su emoción. La emoción forma parte esencial del misterio de la escritura. Nos emocionamos no sabemos a ciencia cierta de qué ni porqué. Pero sólo la emoción hace que el poema sea duradero. De casi otra cosa no tenemos certidumbre, pero de esto sí: los poemas que quedan son los que nos conmueven (conmovieron sobre todo a nuestros antepasados). La emoción, que es tanto más honda y verdadera cuanto más clara se manifiesta. Es la emoción lo que traza puentes de analogía mediante los símbolos más dispares, las metáforas más apasionantes, maneras todas de penetrar en lo invisible. Usamos las palabras de siempre, pero suscitando sensaciones tales que parecen, estas simples palabras coloquiales, creadas desde el comienzo del mundo para amoldarse a la Idea que todo poema encarna, una idea que inicialmente sobreviene en forma de música y se expande en una estructura silábica o estrófica, esto es, idea en el tiempo: número, inseparable de numen, nombre.

 

                                                              Octubre, 2009

 

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