En el fondo de la sublevación morisca, destacan los perfiles de un castillo con leyenda propia, en cuyas cavernas y desvanes unos moriscos conspiran. Se trata, pues, de la historia de una sospecha. Las pasiones de cuantos viven en el castillo se magnifican, como a efecto de una caja de resonancia, por el aislamiento en que se vive. Tres mujeres, a lo largo de aquella campaña, encerradas en sus lóbregos muros, desgranan sus recuerdo de un tiempo mejor; las tres, de la más alta estirpe, marcadas por un destino infausto. A ellas se contrapone la esclava Ruffa, en quien la presente historia signa la conciencia de devastación, que es propia de estos lugares. Ella será quien desvele el sentido subyacente del relato: "Comprendí entonces que día llegará en que los leales a su Fe vivamos todos en concordia. Pero ello no será en este mundo. Lo será cuando, luego de morir, alcancemos las praderas celestiales".
Bien acogida en su primera edición (bajo el titulo de "Kalaát Horra", 1991), la crítica coincidió en su "capacidad fabuladora" (Ortiz de Lanzagorta) y "singular intensidad" (Sanz Villanueva), su "brillantez de lenguaje" (Muñiz, Morante, Sáez, López Andrada), su "habilidad histórica" (Domene) y "magna labor de documentación" (Basanta), al tiempo que su "sentir femenino" (Juana Castro), su "visión del paisaje" (José Asenjo Sedano), el "sutil planteamiento" (Fernández Castro) y sus "escenas de armas" (Vintila Horia), entre otros aspectos.

 

Impresión artística de uno de los patios interiores del castillo por Silvia Abarca.

 

 

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