RODRÍGUEZ DE LA TORRE, EN LA DERIVA DE LOS TIEMPOS.

La historia de la Pintura ha tenido desde siempre un sueño: pintar el aire. Pero ¿cómo pintar lo que no se ve, ni tiene gesto, ni medida? Lo que no puede verse, pero está ahí. Sólo algunos artífices, imbuidos de la imposibilidad del intento, más modestamente indagaron en la naturaleza de ese vacío sonoro, de ese espacio vibrátil, plegable y desplegable, que conocemos como atmósfera. Descubrieron así que el vacío no se está quieto, y que no sólo está poblado y graduado por infinitas partículas de luz, sombra y penumbra, sino -y esto es radicalmente importante- que esa luminiscencia ambiente, al proyectarse sobre los objetos y los seres vivos, extraen, al impactar con ellos, una energía fotosintética, una otra luminiscencia que es propia a todo cuanto existe. Se trata, pues, de un campo energético, y como tal magnético e imantador, surgido de la luz al impactar contra esa otra luz invisible de los seres y las cosas. Campo energético tal es cuanto la retina no ve, aunque intuye, y se hace perceptible al ojo adivino de los grandes pintores.

La atmósfera que densamente puebla las obras de la última época de Rodríguez de la Torre no proviene tan sólo de lo que sucede desde afuera, sino de lo que emana desde adentro. A los seres se les ve la luz por dentro. Es luz casi inasible, turbadora, inquietante; cúmulos de luz sus volúmenes, contrastados en la sombra y penumbra que adopta esa total luminiscencia.

En la culminación de esta -llamaré- tercera época, caracterizada por las fluctuaciones en la insondable gama azul, en su cuadro quizás más sobresaliente, titulado "La hora azul", vemos un vórtex, un torbellino de cuerpos sometidos a dos fuerzas provocadas por la interacción de la luz interna con la externa: una fase de desintegración, y otra de mutación. Pareciera que, de un modo inesperado, la propia materia ha estallado, y en su brecha llameante, en su fogonazo atroz, los cuerpos se han transmutado a efectos de una radiación terrible. Los hombres que aquí figuran aparentan de cualquier ciudad, en tránsito laboral de un sitio a otro. Y en un lugar -éste que el cuadro representa, sea una simple acera o el andén de un metropolitano- han quedado así, inmóviles para siempre, en las actitudes más desprevenidas. La luz entonces, como quemada por dentro, vierte su letal ceniza sobre este espacio, abarcado de tinieblas en sus cuatro ángulos, de forma que la escena, siendo ovoidal, aparece resumida en un rombo truncado. Al igual que estos hombres están medio asfixiados por la ceniza, llamo la atención sobre su espacio, que es claramente cóncavo.

Es un cuadro de denuncia, o de aviso humano, generacionalmente imprescindible en la evolución pictórica del tránsito de un siglo con otro. En realidad, la denuncia social está tan subsumida que más bien cabría hablar de símbolo, pues su estructura y técnica están plenamente al servicio de la idea que resalta y predomina: laincomunicación; nadie mira a nadie, nadie lo escucha. Se trata de una alegoría del desencuentro. Los siete individuos estaban solos y quedan solos en este instante penúltimo de la desintegración, previo al de la mutación que ya se anuncia en el monstruoso rostro con trompa o espira. Y al mismo tiempo, estos hombres, como otros hombres de corbata y sombrero, nada sabían; por completo ignoraban el riesgo de la autodestrucción planetaria. La luz -digámoslo tranquilamente- es postnuclear.

La técnica -al temple- es directa, limpísima, simplicísima: un solo trazo, sin veladuras, sin anestesia de otros colores y tonos. Trazos amanchetados, una sola placa, la que es, certera. Y la estructura, en dos puntos de fuga, pues el cuadro que nos detiene es dual en todas sus correspondencias: uno de estos puntos de fuga ahonda los cuerpos hacia adentro, el fondo, y de aquí la concavidad a que hacíamos referencia; la profundidad es insospechada (para apreciarla en sus justos términos, sugiero contemplarlo a una distancia no inferior a cinco metros), la perspectiva, ilímite. Este eje de succión representa, en mi opinión, el tiempo lineal. Mas, el otro punto de fuga arranca (desde el manchetón destelleante en que estalla el hombre postrado) hacia fuera, hacia la convexidad del observador, a través del ángulo inferior izquierdo, mediante un trazo descendente, enérgico y fugaz; el tiempo sobrevenido, el tiempo ejecutor y mortífero: el ahora punzante e irreversible. Pues ciertamente es lo que es este "La hora azul", la lívida y tumefacta: una grieta en el contínuum espacio-temporal. El cuadro implica -de manera silente- una respuesta a los poderes de este mundo, ufanos de sí, soberbios en su fragilidad, y por ello conlleva el valor añadido de la reflexión sobre nosotros mismos y nuestro tiempo en el vacío -ahora- de la historia. ¿Qué somos?, parece preguntarse el arte pictórico desde el pasado. El porqué nos lo dicen -sugieren- algunos. Son cuadros que no se dejan mirar, seguramente porque nos ven. Cuadros erigidos como pupilas gigantescas, como espejos ustuorios. Nos ven, algunos cuadros, desde Los esposos Arnolfini y Las meninas hacia delante en el tiempo.

Para llegar a "La hora azul" Rodríguez de la Torre recorrió un camino de más de treinta años, desde que comenzara a manipular la tempera. Comenzó a todo color, en una gama de verdes y calabaza lujuriantes. De esta primera época -tras los rigores de un dilatadísimo aprendizaje, que incluyó el uso del carboncillo sobre tabla, en técnica mixta- es El bufón, un volumen humano metamorfoseado en objeto extrañamente herido; vendas ingrávidas, veladuras, ristras de vapor, insólitas singladuras de claroscuro adornan y complementan el impacto visual de la figura, una carnal metopa, en torno a la cual todo oscila. En un intento de esencialidad, correspondiente a una segunda época. De la Torre simplificó la técnica, infundió estrategia al color y añadió un mensaje más agudo y consistente. Sería su paradigma, a mi parecer, el cuadro conocido entre sus amigos como La dama de Beirut. En una calle de casas asoladas por el fuego belicista, con la calzada crecida de jaramagos, impasible una bellísima joven lee un periódico. Está sola en la ciudad abandonada, y va caminando, ausente, impecablemente vestida. Los protagonistas, de ahora en adelante, serán así: personas absortas, ensimismadas, ajenas -se diría- a la deriva de los tiempos, a la ruina en la que el progreso infinito, sometido a las pulsiones de la ira y la codicia, la ambición y el orgullo, ha desembocado. Apagando aún más el color visible, resaltando los miles tonos del azul hasta dar, los más desteñidos, en blanco de ceniza, se ha llegado a esto que ahora vemos: este anfiteatro prodigioso de seres captados justo segundos antes de esfumarse y desvanecerse por una suerte de combustión interna. Una joven sentada, con la cabeza hacia el pecho; la misma joven sedente con la cabeza vencida hacia uno de los hombros. Dos mujeres en plácido solaz caminando juntas por lo que parece una playa; en complicidad absoluta una de ellas participa a la otra de un algo que la hace sonreír. El pintor pinta el susurro. No sabemos qué dice una a la otra, pero el susurro queda patente en el rictus disoluto, perverso casi, de la hablante.

Y otras veces son dos cuerpos, masivos, en lucha subrepticia, sinuosa; ignoramos, análogamente, el porqué de la pugna, pero resuenan los jadeos. Y así. En el más voluminoso de los lienzos aparece la escenografía, anegada de azules tortuosos, de un despacho o bufete desolado. La atmósfera es de secretismo. Uno está sentado, al otro lado de la mesa, cabe la lámpara de flexo; y un otro personaje, enorme, en pie y de chaleco, observa a su lado, impasible, emanando sombras. Hay algo que no quiere decirse, una como trampa en el ambiente. El cansancio de la luz es total. El aire se ve cargado de susurros, de amenaza velada, de silencio atosigante.

Pintar los susurros, impetrar los jadeos. Hacer que la luz sea subterránea y que, por el contrario, la atmósfera resulte submarina. En uno de los cuadros, lo que insinúa ser un tuareg está, en efecto, en el grado previo a su desaparición, a su disolución en el aire, viento aquí, emblema del tiempo que erosiona todo lo viviente. De la materia de los sueños es la pintura de R. de la Torre. Una casa gigantesca en una de cuyas habitaciones posa el dolor, y en otra el delirio, y la desolación en otra más; pero en el subterráneo, la pesadilla siempre. Tal vez la luz en el cerebro sea así; se alumbre en el cerebro así. Luz despojada, cinérea, inerte, vegetal. Luz dando contra masa encefálica blanca, espectral. Una fantasmal vedija colgada de un garfio, a la que el resplandor lunar prestase reflejos de desolladura.

Y es así el tiempo también, de la materia de los sueños. Tiempo y sueño configura la atmósfera velazqueña de ese techo sobre su tablado de la representación del mundo en Las meninas. Conturba pensar que esa misma atmósfera, de esa sala que ya no existe, en el alcázar de los Austrias que ya no existe, en el día aquel que no sabemos, existe. Existe esa atmósfera, vagarosa y cansada, en el techo de aquella estancia. El tiempo está hecho de sueños. Y el aire. Y la luz, que es tiempo.

Esta pintura de Jesús Rodríguez de la Torre en la deriva de los tiempos, vista en frío, tras la meditación a que nos somete, conmueve. Engendra dolor por los errores colectivos, pero más aún nos obliga a indagar en la perplejidad inconsciente a que nos conduce el vértigo de las ciudades y la vanidad inconmensurable de nuestro rechazo a todo lo natural y hermoso. Yo lo veo así. Sólo que también inspira piedad esta fauna humana desarraigada. Inspira piedad la indefensión en que nos hallamos. Éste sería su contenido secreto. La solidaridad, desde el error y horror asumidos. Asumidos, al menos, por este pintor y este su arte solitario.


ANTONIO ENRIQUE.