Granada: la irrealidad tangible.

Antonio Enrique

 

 

 

Hay un pasaje en El segundo hijo del mercader de sedas, la más granadina -a mi parecer- de las novelas del siglo XX, porque es una novela escrita desde y hacia adentro, novela de la memoria profunda recobrada, que resume el modo de ser más hondo de lo granadino universal. Seguramente muchos de sus lectores lo recuerden. Está la señora Meriam en el lecho de muerte. La señora Meriam es nieta de Abu Abdala, Muhamad XI, Boabdil, último sultán de la Alhambra, soberano último del reino de Granada. Con el nombre cristianizado de María de Granada Venegas es también abuela del arzobispo de Granada, a quien se le ha dado aviso para que le dispense la extremaunción. Cuando el prelado llega, precedido de los acólitos que no dejan de retiñir las campanillas, se hace un silencio reverencial en la dependencia donde agoniza la dama. El arzobispo su nieto la confiesa y luego la unge con el óleo santo. Después siente flaquear su ánimo y la toma de las manos en son de despedida. Es entonces cuando ceti Meriam se le queda mirando y pregunta: "¿puedo irme ya?" Asiente el nieto con los ojos arrasados. Y la señora que sonríe al nieto y suavemente sacude los labios entumidos, ya exánimes, para rumorear, como en un suspiro: la galib ily Allah. La galib ily Allah, sólo Dios es vencedor. Y volviéndose del costado izquierdo, el del corazón, expiró, entregó el ánima.

¿Qué hay detrás de una reacción así? La alta y vieja dama se ha confesado y comulgado con reverencia a la nueva fe asumida en el bautismo, ha cumplido con las prescripciones de una religión extraña, tal vez por respeto a su propia familia ya cristianizada. Pero no quiere, rechaza irse de este mundo sin recobrar con el último resuello la fe de sus mayores, la religión de su mundo más interior y genético. No hay arrogancia, no hay afán de vindicta en su gesto. Sólo plenitud con asumir en el último minuto el emblema que corre por sus venas y por todas las cenefas del palacio más asombroso de Occidente. Sólo naturalidad. Quiere ser ella misma unos segundos tan sólo, ya que no le han dejado serlo durante su vida entera.

Detrás de un gesto como éste lo que hay es una ciudad, a la que, como a tantas de entre las más bellas del mundo, apenas si se la dejó en paz y tranquila, con sus luces y con sus sombras. Una ciudad de destino, una ciudad de sa­gre. Una ciudad, patrimonio del Hombre, a la que no se la dejó ser ella misma.

De Granada, se nos dice que integra una unidad indiscernible de monumentalidad y paisaje. Ciudades prodigiosas existen que sin embargo rompen esta unidad y parecen asentadas, su monumentalidad, contra el paisaje. Granada no, Granada se asienta en su paisaje como una prolongación íntima y armoniosa, de manera que su monumentalidad acompaña más que impone, acostumbra más que sorprende. Y, sin embargo, cuando se la mira con calma, sintiéndola como entidad viviente, nos deja estupefactos, pero es —tengo para mí— por esa integración de monumentalidad y paisaje, por esa armonía íntima propicia al goce de los sentidos y a la elevación del sentimiento. Los granadinos, muchos de los mismos, viven ajenos a ello; será, tal vez, por la tensión que crea el prodigio permanente. Hay que vivir, se nos dice, y vivir no se puede en la tensión emocional incesante. Uno de los espectáculos naturales más apabullantes consiste en contemplar de lejos el asentamiento de Granada, desde la Vega. Los primeros pobladores, si llegados desde el surco o desde los altos de sierra Elvira, debieron hacer un alto de estupor en el camino. Porque, si al atardecer, las nieves las tenían sobre la misma frente, y ante los ojos una sinrazón de tonos rosa nacarados por el aire; y si de mañana, esas mismas nieves perpetuas, sobre el llano silente, flameando una radiosa luz que fuerza a entornar los ojos. Entonces hay cumbres de estribaciones azules, y un plantel de colinas a la manera de un ubérrimo pubis hasta el que descienden, confluyendo, dos de los tres ríos de Granada. La visión es conmocionante por tanto espacio abierto, en ámbito tan imponente. La nieve se eleva grácil y sinuosa, se yergue lenta, suave y refinada en su cadencia hacia el Veleta; se eleva, diríamos, a compás de una música geológica majestuosa desde el comienzo del mundo. Arriba está un cielo único, no sólo por la refracción de la nieve, sino por la calidad que le presta en las alturas la absorción salina del mar próximo; son irisaciones añiles, ultravioletas, complejísimas de verse en otros sitios. Y abajo, esos valles frágiles, fértiles hondonadas donde la vegetación crece tintineante y exquisita, como resguardada la tierra de los vientos rigurosos. Un poeta, el máximo de la literatura española, debió verlo así cuando, en su estancia por estos lugares, dijera lo de las "mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura, / y yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó con su hermosura". La pasión, la tentación por lo absoluto, debe ser considerado como el primero de los rasgos recurrentes del ser granadino de todas las épocas. En una de estas colinas, el ser humano infundió el alma a este paisaje. Fue en el instante más estelar de su devenir histórico. Pues sin la Alhambra esta ciudad no hubiese sido una ciudad de destino. Pero la Alhambra no fue un ensalmo, no fue un espejismo. Necesitó para su geometría cósmica el que­hacer científico de otros pueblos previamente asentados, singularmente el pueblo judío. La Alhambra, lo que nos inquieta de ella, es su irrealidad, pero lo que nos fascina es su exactitud. De manera que es, estamos hablando de una irrealidad tangible. Y ésta es la paradoja, el oxímoron en el que se fundamenta el ser más profundo granadino, su misma alma: lo que tiene ante sí es irreal a fuerza de fantástico, casi incorpóreo y levitante, pero, a su vez, es pura música de números acordados, pura exactitud plástica y cromática, un sueño tangible. Una ciudad así no tardaría en crear leyenda.

Y esta leyenda la vemos ya plasmada literariamente con ocasión de la razia que los ejércitos cristianos de don Juan II de Castilla forzó por estos lugares en 1454. Algo debió pasar, que no aclaran los cronistas. Rebasados Alcudete  y Alcalá la Real, y Moclín, escudo último de Granada por esa parte, el cuerpo de ejército que mandaba don Alvaro de Luna se une al del propio monarca y confluyen ambos por la Vega, a través de los túneles que los zapadores practican en la espesura de castaños y moreras. Y atraviesan el Genil, y tan vistosa comitiva de arreos y estandartes, de palafrenes engualdrapados y tarjas y lanzas, se detiene. Se detiene en seco. Y plantan campo. Y vuelven grupas, sin que la caballería nazarita les hostigue. Algo había pasado, que nos desvela entre líneas el romance de Abenamar, escrito por un mudéjar en aquellas calendas, que venía en la propia hueste del rey castellano. "¿Qué castillos son aquellos? / ¡Altos son y relucían!". La magnificencia defensiva de las torres y baluartes, sí, pero también la belleza, la fuerza disuasoria de la belleza. La belleza que, lejos de ser una gratuidad abstracta, es un valor biológico de pervivencia colectiva.

Páginas 1 2 3 4 Inicio

Versión Imprimible