El espacio. El espacio donde Granada se asienta abre perspectivas ilimitadas. Es importante el espacio, el espacio externo, porque configura y condiciona el interno. Y así la Alhambra probablemente sea el edificio en el mundo en donde el espacio más sabiamente se ha distribuido, según escalas de volúmenes y ritmos dimensionales que tienen mucho en común con las pautas musicales: todo es graduación y vibración, sometimiento cohesionado a los tres ejes de alzado, planta y amplitud conjugadas, más su reflejo multiplicante en las aguas: cuando la proporción es perfecta, es decir áurea, el tiempo se condensa, se esparce y se diluye. El delirio geométrico da en éxtasis apaciguador. Es cuanto venimos a sentir en espacios sacros como Comares o Los Leones. Los límites entre espacio y tiempo están rotos en los arcos con mocárabes o en las cúpulas de estalactitas. Ahora bien, en el entorno de Granada, lo grande se conjuga con lo pequeño, y lo inmenso cabe en lo nimio, y lo dinámico en lo inmóvil. Salgamos de nuevo al exterior, al paisaje que sustenta y encamina. Como poder, puede serlo a semejanza de este poema:

Lo que vimos / va no podrán quitárnoslo. / El sol retracta / contra las cumbres nevadas, / y las cumbres nevadas / contra la Alhambra. / Y la Alhambra / contra el aire rosa, / y el aire rosa contra el violeta. / Rosas y violetas ruedan, y suenan, / como caracolas por debajo. / Pero allí donde los álamos en la Vega, / un simple regato de acequia. / La Sierra y la Alhambra, / el cielo y el árbol. / Quietos sobre el agua pequeña, / sobre el agua flamígera,/ del remanso inmóvil. / Abajo lo de arriba. / Granada mirándose. / Nosotros mirándonos en ella.

Es decir, abajo lo de arriba. La Alhambra y la sierra detenidas en una charca entre los chopos de la Vega. Es la misma estampa refractada y en negativo inverso de la torre de Comares en el estanque de los Arrayanes. La inversión, la heterodoxia, la insurgencia es otro de los notorios rasgos del ser granadino, asentados en la geometría de su monumentalidad y paisaje, los cuales configuran su memoria biológica en cuanto ciudad de destino.

Este destino, de una ciudad como Granada, podemos verlo, y hasta palparlo, en aquellas ocasiones en donde la trayectoria histórica se quiebra. Y parece que da la vuelta, como el aire cuando la tempestad se presagia. Esta tempestad suele serlo de sangre, o cuanto menos de sufrimiento insoportable colectivo. Fueron las hecatombes de los sucesivos pogroms, primero el de 1066, muerto nuestro primer poeta universal Samuel Ibn Negrela, y la mortandad masiva de las consiguientes fitnas que, a partir de la irrupción de los almorávides o almirabitum, derivaron en el cataclismo de 1492. Quiebra que al pronto no se sintió, pero cuyos síntomas no se dejaron esperar. De manera que si —como acabamos de ver— la aristocrática dama ceti Meriem, casi seis generaciones después, vuelve la espalda en su lecho de agonía a lo que su propio nieto repre­senta, y no hay venganza en el gesto, sino cansancio de las ideas de los nuevos conquistadores, y ella misma ya no se lla­ma Nazar (Nasr), sino Granada y Venegas, es por estas ocasiones donde parece haberse eclipsado toda buena fortuna. El alegato de Núñez Muley ante Felipe II contra las nuevas prag­máticas hacia los moriscos nos desvela hasta qué punto el Poder –sea del signo que fuere- es enemigo natural del hombre; se prohíbe hasta respirar: los libros y la lengua, las vestimentas, los ritos en bodas, velatorios y sepelios, los baños, los afeites de alheña, los nombres y a Dios mismo, el de sus antepasados. ¿Qué les quedaba? ¿Qué nos quedaba? Los talleres fueron silenciando uno tras otro, los bosques talados porque la seda dejó de elaborarse, y los campos volvieron a ser pegujales porque estos nuevos amos ni sabían trabajar ni querían, obsesionados por el prejuicio de castas, que ahora entra en juego. La pobreza en Granada, cuyo solar constituyó de antiguo un emporio en metales y cultivos de todo género, al punto que los navegantes helénicos lo identificaran con los Campos Elíseos, comienza a incubarse ahora. Corriendo los siglos, fuimos los últimos de entre las provincias de España.

Pero mientras tanto la fama de Granada crecía y crecía, y con ella su leyenda de paraíso viviente. ¿Cómo veían Granada aquellos cortesanos palatinos que acompañaron al Emperador a sus cumplidas nupcias con su prima hermana doña Isa­bel de Portugal, aquel mes de junio de 1526? Lo que nos han dejado aquellos prohombres —embajadores y nuncios de las más lejanas repúblicas— ante Carlos V es la consecuencia de una fascinación. Podemos imaginar Granada medio vacía de sus gentes de más rumbo, medio deshabitada en sus casas de más lustre y abolengo; sus palacios abandonados y desiertos sus jardines. Así que llegamos a una ciudad donde un frío extraño, una desolación sombría late en la soledad de las salas y patios que acaban de dejar los nobles y poderosos propietarios de aquella dinastía nazarita. Es la fascinación ante la melancolía cuando aún los ecos del gozo no se han extinguido; la rendida fascinación ante lo frágil, exótico e indefenso: ante los paraísos dormidos (los suavísimos desiertos), los palacios y jardines donde ya no corrían las gacelas, y las fuentes se habían apagado para siempre. Una belleza deshabitada. El prestigio de los vencidos. Y está, esa fascinación, junto con el júbilo de lo sensual, en Andrea Navaggero, y en la prosa epistolar de Boscán, y en Garcilaso que, aunque se retrasa, llega a Granada, en ese paraíso nada austero, sino dorado como un fruto por la tibieza de un sol distinto, referido al final de su primera Égloga.

Los que vinieron no la entendieron, y cuantos se asentaron, llegados de las zonas más pobres de Extremadura y León, tampoco, y siguen -nos tememos- sin entenderla. No puede entenderse una ciudad cuando calla y otorga, cuando se resigna y asiente a todo desafuero contra su identidad cultural y estética más profunda, ni cuando se atenta contra su patrimonio mediante la erección de torpes y arrogantes edificios en nombre de una modernidad que nació ya vetusta. No puede entenderse una ciudad cuando aclama como santa a la reina que firmó edictos de expulsión y propició bautizos en masa, en lugar de respetar su memoria de reina de Castilla, que es lo que corresponde a la piedad de los vencidos. Y no se entiende a una ciudad que destierra, suicida o mata a sus poetas, si por el contrario no exalta las artes como forma esencial de vida. No se entiende Granada si no se respeta su dignidad histórica, y su paz, y su silencio. No son granadinos los que no lo hacen, por más que lo digan y se proclamen. Granada la gozan, pero no la entienden. ¿Puede ser ello posible?

¿Cuál es el ser literario de Granada? La irrealidad tangible decíamos; la insurgencia, la propensión al absoluto son otros rasgos de la mentalidad granadina; asociados a ellos vendrían la gracia sensitiva, el amor por lo frágil y fugitivo, la captación de lo pequeño y minucioso, el gusto por la hipérbole, las jun­tas de colores que no molesten ni chirríen, la devoción por el agua, la cortesía y delicadeza en el trato, el arte de la elusión. Paradójicamente, el granadino, aunque de primera generación y descendiente de ancestros foráneos, tiende a impregnarse de este tono vital, que le conduce a una melancolía cierta. El granadino de veras parece soportar una carga de decepción sobre los hombros, y habla poco, lo cabal, si bien con los extraños se prodigue, y está como ausente así le mientan palabras como luz, agua o nieve. El granadino no está en paz si no ve cipreses y palmeras, y si no huele el arrayán. El granadino gusta de pararse al mediodía y sentir el sol en las pestañas y en las manos, para luego ser acometido de un gozo profundo a la hora del crepúsculo. El granadino es un senador de las horas del día. Y es inevitablemente nostálgico de un pasado que siente incierto, pero punzante en la memoria de la historia, cuando no fatalista por ese mismo instinto de declinación y abandono. Será por ello, por esta misma metafísica del dolor que lleva subsumida, que concibe la belleza como irrealidad tangible: irreal porque no puede aprehenderse en su concepto, pero tangible porque la tiene delante, junto a sí, con solo elevar los ojos. Es la Alhambra, nuevamente; la Alhambra, acogida bajo el perfil, simétrico a sus volúmenes, de la Sierra al fondo: lo rojo, lo verde y lo blanco. La Alhambra no sólo nos constituye mentalmente, sino que -diríamos, permitidme- nos condecora el corazón. Nos lo adorna, cuando no nos lo quiebra.

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