La literatura de la irrealidad tangible es infinita en sus proporciones y laberíntica en su estructura. Se rige por otro tiempo y por espacio distinto. El primer síntoma del despertar de la literatura granadina propiamente genuina, tras la hibernación del siglo XVIII, lo fue propiciado por un extranjero, Los cuentos de la chambra ¿Por qué es tan importante esta obra? Porque liga con el inconsciente colectivo de las personas aquí asentadas. En esos cuentos y viejas consejas, que se transmitían de padres a hijos, y escuchó el escritor Irving, se conden­san la flora de los sueños y la iconografía de sus ensueños, desde los tesoros ocultos a los duendes sobrenaturales, los hechizos y las transmutaciones, y el amor que no duele, y los jardines al claro de luna y los torreones sombríos, donde re­tumban las campanadas de la Vela. A su vez estos cuentos ligan, en su dimensión modesta y en buena parte desacralizada, con el libro infinito y laberíntico por excelencia de entre toda la literatura universal. Las mil y una noches. Tal vez la novela granadina perfecta hubiera sido Las mil y una noches, de la que es tradición se escribiera una parte en la Alhambra, o al menos el palacio es referido en sus últimas páginas; una novela, en fin, que se le pareciese, si no en su temática, sí en la estructura y proporción, sí en su atmósfera delicuescente y prodigiosa, sí en su tiempo y espacio. Una novela infinita y laberíntica. Es lo que, modestamente a años-luz, intenté con La armónica montaña, que escribí por impregnación de esa irrealidad tangible, que me resonaba en lo más profundo del subconsciente, una novela infinita y laberíntica con superposición de tiempos y espacios, y por eso pretendí que los mitos ocupasen el lugar de la memoria, pues los acontecimientos, cuando se olvidan, reaparecen luego en forma de cristalizaciones obsesionantes, escenas recurrentes donde la lógica deja paso a otra realidad de los sentidos. Unos mitos, pues, que suministran personajes y hechos cercanos a lo fabuloso. Unos mitos que son —me parecía, allá por 1972, cuando la comencé— la única manera de sujetar y limitar el tiempo de ese "mar de las historias", modo de narrar que prevaleció durante los mil años del medievo, y que entre nosotros, que no tuvimos Edad Media cristiana, se significa en el modelo de Las mil y una noches,número, mil y una, que corresponde a los mitos de Isis en su dimensión más secreta.

Un libro laberíntico e infinito, una novela cifrada, es lo que me parecía más coherente con el modo de ser más intrínsecamente granadino, un libro en buena parte enigmático como lo era, y es, el espiritu de esta ciudad, a la que Oriente otorgó su impronta más perdurable. Es, tal vez, que yo alcancé a vivir una Granada cuyo silencio ancestral aún la modernidad no había aniquilado. Granada, tras la guerra Civil, había quedado como enajenada de sí, temerosa, terriblemente signada por la ofuscación de las delaciones, pero sobre todo por el estigma de la muerte del Poeta. Sabíamos los granadinos que no pode­mos hablar alto porque nos pesa esta mala conciencia, pese a no haber intervenido en la desgracia ningún granadino de ascendencia; la responsabilidad mayor no fue de ningún granadino, pero se perpetró aquí, entre nosotros. Y no es que se llamara como se llamaba, ni que su obra sea universal, ni que nunca hubiera hecho nada en contra de nadie, es que se sometía a la disolución sacrificial la propia Palabra del mismo ser de la Granada de siempre. Aquí Granada, ciudad de destino, dio un quiebro a su historia. Lo había dado poco antes aun, cuando en 1898 el Desterrado quiso integrarse en la Granada lejana con lo que más se le parecía de cuanto veía en aquella ciudad ajena del báltico norte: el agua, el agua oscura, la madre, el vientre de la madre, que a su vez representa esa Granada de sus orígenes, ese otro vientre desnudo y pagano, la Granada que acogió sus sueños y le hizo hombre. Un hombre de inteligencia tan penetrante y proverbial que pudo con él mismo, y lo engulló con la enfermedad de los granadinos leales a los que no les dejan volver: la melancolía aciaga, la depresión obsesiva, el suicidio.

Pero de aquella Granada cruenta no supe sino hasta mucho después. Aquélla, la de mi infancia, era una ciudad muy pequeña, que se establecía en torno a Bib-Rambla y hasta el Triunfo por un lado y la Bomba por el otro, y que, de verdad de verdad, comenzaba en plaza Nueva, tirando hacia arriba por Gomérez, y hacia delante siguiendo el río a contramano. Una ciudad de mucha tienda, de textiles, joyerías y ultramarinos, y talabarterías y fonduchos, y placetas de pronto con fuentes siempre y pilarones, e iglesias inesperadas que se hacían espantables con el caer de las sombras. La gente no hablaba de sí, pero parecía conocerse al saludarse con sus nombres. Había que yo recuerde dos aficiones que se han perdido, las dos más bien a la caída de la tarde: una era salir al balcón y ver pasar a la gente. Aunque parezca una tontería es cosa muy placentera: ver pasar a la gente a esa hora en que nada hay que hacer, adivinar sus rostros y por su expresión las preocupaciones, medir por sus pasos si alguien les espera, deducir por como vayan vestidos si tuvieron un buen día o no. La otra ocupación era de los del Albaicín. Ver la puesta. Ver la puesta desde San Nicolás o los Carvajales, desde el Aceituno, la Rauda o San Miguel. Sacaban sus sillas con el buen tiempo y se estaban mirando aquello del sol, como si no existiese otra cosa en el mundo.

Pero estaba, también, Bib-Rambla. Bib-Rambla fue mi despertar a la vida. Toda la ciudad confluía allí, pero no la Granada de la época, sino la de todas las épocas. Pues ¿cómo interpretar un Arco de las Orejas —nombre de una de sus calles de embocadura— inexistente? Granada era esto, una ciudad donde los fantasmas del pasado mágico te asaltaban en forma de puertas espectrales árabes, visibles como la del Corral del Carbón, o invisibles como ésta de las Orejas. El aire entonces que se interponía entre aquello y tú venía a ser tiempo condensado, pues, al mirar, era como si traspasásemos la historia. Bib-Rambla así, a cuyos pocos metros yo había nacido en un caserón de la calle Hileras haciendo esquina con Alhóndiga, no era otra cosa que un zoco medieval donde los vendedores ambulantes se habían disfrazado de siglo XX, un siglo ya mediado en el que la gente aún usaba sombrero y se arropaba en gabanes desabridos, pesados y grises, con solapas enormes y botones descomunales; a veces, sobre la manga, llevaban un brazalete de luto. La vida era "en voz baja", como cuando ha ocurrido algo muy grande en una casa y hay que moverse con cautela para no atraer las sombras del maleficio. Allí en Bib-Rambla sonaban los pregones callejeros de las medías de cristal, los recién inventados bolígrafos y las estilográficas traídas de Ceuta, los relojes de Tánger y las pulseras chapadas, que al mostrarlas a los curiosos el vendedor, el cual todo lo sacaba con mucho papel de Manila de una maleta abierta sobre el suelo, brillaba –la pulsera- con el mismo destello fúnebre de sus dientes de oro. Cuántas evocaciones entonces de la gente. De los pueblos cercanos llegaban hombres sombríos de manos anchas y tez de cuero antiguo; se les notaba el hambre por la forma en que lo miraban todo, viendo pero sin encontrar. Bib-Rambla era un caleidoscopio, donde las estaciones se sucedían en el aroma de los puestos de las floristas —entonces en una sola hilera—, los nardos en septiembre, los crisantemos en noviembre, los lirios en abril, las rosas hasta octubre, y claveles en todo el año. En junio, sin embargo, los tilos se olían hasta el puente de San Basilio, ese puente romano sobre el Genil de cuya calzada sobresalía un listón de piedra, casi imperceptible, pero que te hacía brincar, y entonces, si llegabas desde fuera, se podía decir, pero no antes: "ya estamos en Graná". Y era en junio cuando instalaban en la plaza el tablado de marionetas, unos guiñoles antiquísimos, con verdín sobre el cartón, y con el Corpus se inflamaba el aire con el olor de los copos de algodón rosa o blanco azucarados, y el más espeso de las fritangas de buñuelos y tejeringos; aquellos ingenuos retablos de marionetas hacían de la vida una farsa caprichosa, y aquellos castillos lúgubres del decorado nos hacían soñar luego en las casas. Con todo, los tilos aquellos, cuando yo era niño, acogían aún bajo su sombra las acémilas que portaban las garrafas de agua. Esta se vertía como un tesoro en el vaso grueso recién fregoteado, y el que la bebía primero era calmar el sofoco, y luego, sirviéndose un poquito más, mirarla, el agua, al trasluz del sol, e ingerirla despacio, encogiendo un párpado por mejor concentrarse, pues ahora era cosa de solo gustar. Sólo el mirar tanto la nieve explica el amor al agua de los granadinos. Miramos tanto la nieve que es por los ojos que nos entra el agua. Quisiéramos estar allí en la Sierra, fundirnos con la nieve, undosa y eternamente blanca, y como esto no puede ser, la suplimos con el agua, el agua que mana desde allí, que es lo que más se le parece, como que es ella misma.

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