Porque el agua, ya digo, estaba en todas partes. En Bib-Rambla, en aquella fuente con todo un dios arriba en lo alto; mirar la fuente, sus quimeras y gigantones, era como una invitación a viajar por el mar de Hornero. Con su tridente el dios, y su corte de atlantes, parecía aquello emerger de las aguas fabulosas. Y era así todo, casi una fantasía. Una plaza con techo de catedral al fondo, y unas bocas sombrías por donde, como en una inmersión a los abismos, se descendía a las letrinas, unos angostos urinarios con el recio olor de las ureas de entonces.

Las casas aún tenían aljibes. Y en la casa donde nací, habían encontrado en él antiguamente una vasija con monedas arábigas. ¿Cómo podían ser los sueños en una casa así, cuando, recién puesto el sol, se levantaba una pesantez en el aire, que más parecía estantiguas de moros, según tenía yo oído? La campana de la Vela daba la medianoche, hora de difuntos, y nadie se movía. Me habían dicho que un caballo descabezado bajaba por el Zacatín con su cortejo de perros amenazantes, desde la torre tapiada por donde saliera, por última vez, Boabdil Yo me quedaba dormido escuchando el repiquetear de las pisadas de los rezagados, seguido del brusco portazo cuando llegaban al portal de sus casas.

Y estaban los tranvías, con aquellas admoniciones en letreros de cerámica: "reservado para caballeros mutilados. Y como una prolongación de aquellas tisis de la guerra, el terrorífico: "no escupir". Se estaba bien adentro, entre tanta gente tan diversa. Olía a percal, así llegaba junio, cuando las muchachas un poco bravías, que iban o venían del trabajo, mostraban aquellos vestidos "estampados", y olía a armario cuando, para la Virgen, se sacaban aquellos abrigones que tanto abultaban en los asientos tan derechos y corridos. Los tranvías tintineaban y ronroneaban; ronroneaban al cambio de marcha, que manipulaba el conductor sirviéndose de una biela, la cual giraba espasmódicamente, con premura de último momento, y tintineaban nunca se sabía bien por qué, pero tales tintineos casaban a maravilla, por lo alegres, con el amarillo limón con que los tranvías iban pintados. El revisor luego fabricaba el arcoiris, o al menos así se me figuraba, cuando abría su caja estrecha de plomo yaparecían lostiques de todos los colores.

Que Granada carezca de una novela representativa, como tantas otras capitales de provincia disponen, puede ser debido a esta presión de lo que venimos llamando "irrealidad tangible". ¿Cómo se articula, sino con mitos, mitos que a su vez son abstracciones de su leyenda? Así pues, si Granada no tiene una novela definitiva, será porque en ella rigen condiciones ambientales que la hacen diferente. Una ciudad frágil y misteriosa, sensitiva hasta el refinamiento, una ciudad donde todo, hasta el dolor, es sutil, ¿cómo puede enhebrarse en el casticismo literario español, tan rudo, tan severo, tan árido? Porque Granada es una ciudad esencialmente literaria, por eso no puede entenderse sin la transfiguración de sus ensueños colectivos. ¿Qué tienen en común Lorca y Ganivet? Nada, y sin embargo son igualmente granadinos; granadinos en sus presentimientos, en sus ensoñaciones, en su fatalismo. Uno, por vía sensitiva de asociaciones visionarias, y otro, por un proceso mental de depuración de los sentidos, acertaron a desvelar el modo íntegro granadino: seco, distante por fuera, y ardiente y recóndito por dentro.

Es el momento, para ya terminar, de mirar de nuevo a la Alhambra. Bien vista, parece no tener tiempo, haber estado ahí desde siempre. Bien mirada, que ni siquiera la levantaron nuestros antepasados moros. La Alhambra parece cosa de los "ángeles rebeldes", caída sobre el mundo antes del sexto día de la Creación. Por eso su belleza remota, inexplicable, tiene para muchos de nosotros algo de prohibido, como si la belleza que fascina y narcotiza excediera todo lo humano. Alguna vez nos ha pasado que creemos reconocerla en nuestro interior, asimilada —diríamos— al torrente de la sangre, y esas filigranas nos recuerdan demasiado las hojas de una floresta paradisíaca, y sus columnas los propios árboles de aquel paraí­so terrenal, entrevisto en la memoria. Y esa luz, que se levanta desde el agua arremansada o corriente, y el aire afina, no dejará tampoco de extrañarnos, pues es una luz nueva, intacta, como la que nos resuena de haberla soñado, una luz de antes del hombre, como cuando galopaban por el mundo los unicornios, tan blancos en lo verde. De manera que la luna, luego, se refracta en los mármoles, y todo parece azul entre las columnas y sobre las fuentes, las losas y los alabastros, un azul tan cristalino que las hadas y efrites se diría es fácil verlos, a su través.

No puede escribir en Granada quien no entienda la Alhambra. La Alhambra equivale a decir sin tiempo. ¿Y cómo escribir burlando el tiempo, si tiempo es precisamente lo que somos y sentimos? ¿Puede "enmascararse" el tiempo, extraérsele sus mil caras? ¿Y cómo plasmar el espacio en su movimiento si todo aquí parece incorpóreo, a punto de esfumarse, como si de pronto girásemos un espejo puesto al sol? Hay que aprender de la Alhambra, si se pretende escribir en granadino. Saber que lo irreal es siempre exacto, y lo tangible meramente ilusorio. Saber que esa Granada perdida sigue estando en nosotros, desde el blanco de los ojos a la cal de los huesos. Que aquí no estuvimos nunca, si previamente no hemos regresado. Que por alguna razón hemos nacido en esta ciudad sin límites; sin límites entre la memoria y el sueño, la imagen y el objeto, el olor y su sombra. Y admitir por fin que nuestras diferencias no lo son tanto, pues sólo existen para sentirnos vivos en este país y reino, donde lo que no es de este mundo coexiste, convive y se sobrepone a lo que vemos y tocamos.

De la rev. El fingidor, número 21. Enero-abril 2004.

Páginas 1 2 3 4 Inicio

Versión Imprimible